La memoria histórica debe servirnos primordialmente como vivero de lecciones sobre lo vivido

Reconozcamos de entrada que hacer memoria, y sobre todo hacer memoria histórica, requiere la inmediata descontaminación del propósito memorioso, porque si no lo que se va produciendo es la manipulación de lo sucedido.
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La memoria histórica debe servirnos primordialmente como vivero de lecciones sobre lo vivido

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En nuestro ambiente nacional se está hablando cada vez con más frecuencia y con mayor insistencia sobre la memoria histórica, lo cual es en sí demostrativo, en primer término, de que los salvadoreños nos estamos abriendo al reconocimiento de nuestras experiencias del pasado; y eso a la vez resulta significativamente innovador porque venimos de una larguísima época en que lo que prevalecía era el desentendimiento compulsivo frente a lo que venía acumulándose de manera vivencial a lo largo del tiempo. Y la principal razón de ello derivaba del hecho de que la sociedad salvadoreña padeció, en el curso de su historia, el flagelo constante de los abusos del poder, que impidieron la democratización oportuna y fueron generando una división estructural que tenía que desembocar en un conflicto a muerte.

Pero el tránsito de épocas siempre tiene costos de aprendizaje; y en lo que a la memoria histórica se refiere, es notorio que necesitamos un entrenamiento comprensivo que nos permita entender las vivencias individuales y colectivas que se van haciendo presentes en el día a día sucesivo. Desde una perspectiva fundamentalmente pesimista, lo negativo siempre será más que lo positivo; y desde una perspectiva esencialmente optimista se dará lo contrario. ¿Pero qué dice el realismo al respecto? Que hay que proponerse hacer equilibrios valorativos lo más desapasionados y desprejuiciados que se pueda, lo cual requiere mucha ponderación de ánimo y mucha libertad de juicio, que no se dan de manera espontánea sino que hay que desarrollarlos por medio del aprendizaje consciente.

Reconozcamos de entrada que hacer memoria, y sobre todo hacer memoria histórica, requiere la inmediata descontaminación del propósito memorioso, porque si no lo que se va produciendo es la manipulación de lo sucedido. El pasado merece respeto, y no por lo que resulte de él sino por lo que significa como escuela viva para el presente y para el futuro. En ese sentido, la memoria es mucho más que un catálogo de imágenes fijas, ya que lo vivido, lo que se vive y lo que se vivirá es un conjunto de realidades en movimiento, con el carácter interactivo que tiene todo lo humano. Desde tal perspectiva, se trata de que recojamos y asimilemos la memoria con espíritu didáctico, para sacar de ella todos los beneficios cognoscitivos que nos pueda aportar. Y así la memoria podrá cumplir con la función que le corresponde.

Por efecto de los resabios previsibles que sigue produciendo la etapa conflictiva que desembocó en el conflicto bélico, la memoria histórica que más se visibiliza es la que va contaminada por lo que los viejos actores sienten como propio, muy especialmente las maldades del “enemigo”. Una de las tareas por hacer es la descontaminación necesaria para que la verdad, la justicia y el perdón se hagan factibles en su real ejercicio, que es connatural al buen desempeño de la vida personal y de la vida comunitaria. Hay que conocer la verdad, porque eso permite entender el auténtico sentido de los hechos; hay que potenciar la justicia, porque así se estimula la confianza en que el sistema responde a la verdad; y hay que darle alientos al perdón, porque de esa forma se promueve la purificación espiritual que tanto sirve para sanear a las personas y al ambiente.

Es hora más que sobrada de dejar atrás los viejos rencores y las trasnochadas malquerencias. Hay suficiente carga de padecimientos acumulados en el tiempo para que no se siga buscando más motivos de división. El objetivo emblemático de la posguerra no puede ser otro que la reconciliación nacional llevada hasta sus últimas consecuencias, y ya no se justifica más tardanza para emprender ese empeño superior, que pondría la convivencia pacífica en el centro de la dinámica nacional, como debe ser en una sociedad orientada a autorrealizarse conforme a los principios y a los criterios de la democracia funcional.

Por las mismas condiciones de nuestro país, tanto geográficas como sociales, el convivir sin barreras artificiales no sólo es posible sino inevitable. El que esas barreras se hayan levantado y mantenido en forma tan persistente es un signo de irracionalidad histórica que no tiene ninguna base justificativa. Hay que pasar al plano racional en todos los órdenes; y la memoria histórica tendría que ser un factor determinante de ello.

Démosle a El Salvador la oportunidad de verse en su propio espejo a través de nuestras miradas libres de prejuicios y de distorsiones. El pasado, el presente y el futuro tendrían que coincidir en esa tarea virtuosa.

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