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La mentalidad conservadora

Por eso es tan importante preservar las condiciones que hacen posible la alternancia en el sistema democrático.
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Comienza un año más en la cuenta que en Occidente hacemos del tiempo. Nos gusta llamarle año nuevo y reiteradamente expresamos el deseo de que sea un año feliz o al menos bueno. Pero toda la algarabía de la época no suele ser más que ruido y maquillaje para ocultar la continuidad esencial del tiempo, en vano intento de transformar por arte de magia las realidades que nos causan angustia o insatisfacción, o ahuyentar de nuestras vidas, mediante una especie de exorcismo preventivo, cualquier azar que pueda perjudicarnos en los meses venideros.

Todo eso está muy bien. Es divertido y, en alguna medida, también útil. Nos permite romper un poco el tedio de la rutina y desafiar el cansancio o la frustración de un año que talvez fue difícil o triste. Es una buena ocasión para expresar afecto a nuestros familiares y amigos. Nos da impulso para enfrentar la vida de manera más positiva. Pero la cruda realidad es que regresamos del receso a los quehaceres cotidianos con las mismas deudas y las mismas arrugas en la piel y en el alma. Los problemas personales, familiares y nacionales vuelven a reclamar atención.

Algunas personas se habrán dado momentos de reflexión y se habrán propuesto hacer las modificaciones que están a su alcance para mejorar su salud o sus relaciones o sus finanzas. Pero la mayoría solo habrá cambiado de 2 a 3 el último dígito de la fecha. Y no faltan aquellos que regresan a la vida cotidiana más gorditos, más endeudados, más cansados; regresan a hacer más de lo mismo, a enfrentar un nuevo año que se les hizo viejo antes de comenzar.

En la cultura popular se repite hasta la saciedad lo que supuestamente advirtió Albert Einstein en alguno de sus escritos, que no se puede seguir haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes. Cada vez se oye más hablar de innovación en la empresa. Está de moda pregonar el cambio en la política. Las religiones nos llaman a la renovación espiritual; las artes ensalzan la creatividad, las ciencias buscan promover la curiosidad y el descubrimiento. Pero todo eso queda en mero discurso al chocar contra la impenetrable barrera de las mentes conservadoras.

Por el principio de economía de la energía psicológica, los humanos funcionamos por hábitos, nos aferramos a ideas y prejuicios, nos apegamos a objetos y personas, cultivamos una determinada imagen de nosotros mismos. Eso es una necesidad y está bien. El problema viene cuando nos volvemos incapaces de reconocer que esos apegos son disfuncionales, que esas imágenes no corresponden a la realidad, que esas ideas no nos permiten entender bien las cosas, que esas actitudes son contraproducentes, que esa forma de hablar o actuar nos impide alcanzar los resultados deseados.

La mentalidad conservadora es particularmente nefasta y difícil de cambiar en el ámbito político. Todos entendemos esa gran verdad que se refiere al potencial corruptor que tiene el poder; sin embargo, no tenemos un entendimiento igualmente claro del carácter esencialmente conservador del poder. Por mucho que hablen los políticos de revolución y cambio, lo cierto es que al alcanzar posiciones de poder se vuelven extremadamente conservadores, empiezan a ponerlo todo en función de la conservación de los privilegios que van de la mano con el poder.

La racionalización siempre es la misma. Necesitamos conservar el poder porque ello nos permite hacer todo lo bueno que queremos para la sociedad. Necesitamos conservar el poder porque nosotros somos más virtuosos que quienes intentan despojarnos del poder. Nosotros encarnamos la posibilidad del cambio que necesita la sociedad. Pero el poder, inicialmente concebido como un medio, termina siempre volviéndose un fin en sí mismo. Y para conservarlo, se incurre en todas las malas prácticas que en otro momento se han objetado. Por eso es tan importante preservar las condiciones que hacen posible la alternancia en el sistema democrático, entre las cuales hay que destacar la libertad de expresión y los mecanismos de control y balance entre poderes.

El 2013 será un año político muy intenso. Por lo visto en el preámbulo, nada ha cambiado en la manera de buscar el poder. Solo una ciudadanía despierta y exigente puede quebrar los malos hábitos y la mentalidad conservadora de los políticos.

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