La metáfora de la justicia

Desde el punto de las víctimas, la justicia es una metáfora. No hay castigo posible para los victimarios que repare la angustia ni el dolor infligido. La Ley del Talión y su bíblico jingle “ojo por ojo, diente por diente” eran viruta.
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Menos figurativa es la idea de que “deberían matarlos a todos”.

Lo escuchamos al menos una vez todos los días. De modo velado, de modo críptico, pero también orgullosamente en plaza pública. Es un concepto que no discrimina edad, sexo ni condición social. Además de a vecinos de escritorio y de domicilio, esta semana se lo escuché a dos de esos caballeros de los que se dice son analistas políticos, abogados ambos para más inri. Uno de ellos agregó, espero que para estupor de al menos dos de nosotros, que la ausencia de fuerza represiva del Gobierno podría alentar un golpe de Estado.

Ni por repetido y cotidiano, el concepto deja de ser siniestro. Literalmente, los ciudadanos estamos aceptando el fracaso del Estado, la futilidad de las instituciones, y asumiendo la existencia de un “ellos” ambiguo y peligroso al que solo cabe desconocerle sus derechos inalienables y exterminarlo.

En esa noción yace el germen de la limpieza social, una desnaturalización del estado de derecho que Maximiliano Hernández Martínez convirtió en deporte nacional en 1932. Percibir ese prístino y brillante apetito por la destrucción como denominador común en el discurso de personas brillantes, de demócratas auténticos, de salvadoreños de iglesia los domingos, es tan inquietante como las noticias sobre el poder fáctico que los pandilleros ejercen en cientos de barrios, en un mapa del terror que cada vez tiene menos lagunas en San Salvador, San Miguel, Santa Ana...

Los datos y el análisis de los expertos apuntan a que la tregua fue solo una estrategia de las pandillas para fortalecerse, con el afortunado efecto colateral de ahorrar miles de vidas. El costo de la paz que los salvadoreños que viven en los municipios dormitorio gozaron durante ese periodo se paga ahora, con la sistemática subversión del orden de la que esos grupos se vanaglorian. Tienen motivos para la jactancia pues la cotidianidad de los ciudadanos en muchas comunidades urbanas ha sido fracturada. Algunos temen que esa porción de la realidad interrumpa sus vidas en un semáforo o mientras espera en la gasolinera; pero para un porcentaje decepcionantemente alto de la población, esa porción de la realidad es toda la realidad.

Ignoro si la violencia y la intolerancia están a la base de la mayoría de manifestaciones de la subcultura de las maras. No es improbable en El Salvador, país en el que la violencia y la intolerancia están a la base de la mayoría de manifestaciones de movimientos desde políticos hasta religiosos. Meridianamente cabe aceptar que ningún otro fenómeno de nuestra sociedad está asociado a la comisión de tantos delitos ni supone una amenaza para el Estado como el de las pandillas. Pero si el análisis de los conductores de la política de seguridad no incluye a la marginalidad como el verdadero enemigo de este país, motor incesante de frustración, descomposición familiar, desarraigo y subdesarrollo, las posibilidades de nuestros sucesores son mínimas.

Todos queremos paz, y la creemos imposible sin justicia para las crecientes víctimas de esta vorágine. Pero la paz que queremos para nuestros hijos no puede estar basada en el exterminio de nadie ni en la negación de los derechos de aquellos de nuestros compatriotas que creían vivir en un barrio y terminarán recluidos en un “guetto” no solo por obra de los delincuentes, sino del Estado.

No nos equivoquemos. La posibilidad de que un grupo de jóvenes que eligió el camino de la violencia haya sido exterminado no es justicia. Maldito el día en que El Salvador se trague esa metáfora.

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