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La modernización efectiva del sistema nacional de vida y de progreso es ahora mismo el desafío más urgente para todos los salvadoreños

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David Escobar Galindo - Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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A diario, como nunca antes, en el desenvolvimiento de los aconteceres nacionales se perciben los movimientos de la dinámica histórica, que depende cada vez menos de las voluntades individuales, de personas, de sectores y de grupos. Y esto se grafica en forma elocuente en el quehacer cotidiano, que parece revuelto y convulsionado porque los férreos controles sobre el mismo se hallan cada vez menos a disposición de aquellos que tradicionalmente ejercían el control en forma prácticamente incuestionable. La evolución del sistema, llevada de la mano por la dinámica del proceso, está aquí para recordárnoslo día tras día: nuestra sociedad ha emprendido un dinamismo de cambio, en todo aquello que necesita renovación y saneamiento, y esto, por las señales que están prevaleciendo en la cotidianidad, le va cerrando el paso a cualquier propósito de estancamiento y le va quitando posibilidades a cualquier intento de desfiguración de los avances.

Y cuando hablamos de modernización hacemos específica referencia a todos aquellos componentes de la vida social, económica, política, administrativa y personal que se van enlazando y articulando en los diversos niveles de la realidad, a medida que transcurren los tiempos ininterrumpidamente y que las condiciones actúan e interactúan en los distintos planos del quehacer real. Toda modernización, del tipo que fuere, implica una apuesta a hacer las cosas de diferente manera en comparación con lo que se tenía acostumbrado, y por eso estamos hoy ante una tarea colectiva e individual que no puede ser mecánica en ningún sentido.

Por el contrario, lo que ahora debe imperar, en primer término, es el análisis continuado de los aconteceres que se van sucediendo en el seno de la sociedad respectiva para, a partir de ahí, desplegar las estrategias que el mismo devenir vaya exigiendo. Desde esa perspectiva, ningún sector o componente social puede abandonarse tranquilamente a las inercias cómodas o acomodaticias, como ocurrió en las diferentes etapas anteriores, con los resultados desintegradores que siguen estando a la vista. En el momento presente, y de seguro de aquí hacia cualquier horizonte posible, las tareas remodeladoras que a cada quien le corresponden tienen que ser asumidas en forma ordenada, puntual y suficiente.

Había muchos vacíos y desajustes estructurales, provocados por las irresponsabilidades acumuladas a lo largo del tiempo, y a esto hay ahora que sumar los trastornos de coyuntura que ha traído consigo la crisis pandémica que nos azota desde comienzos de 2020. O sea que el encargo de manejo corrector se ha multiplicado con una urgencia sin alternativas; y a la trampa sanitaria se unen demandas imperiosas como la que se manifiesta en el área económica, donde la situación de muchísima gente se está volviendo más y más angustiosa, aparte de que hechos tan graves como el descalabro del PIB tienen al futuro del país en vilo.

Lo anterior nos indica a todas luces que en la base de todo está la obligación urgente de fortalecer y consolidar la confianza en los distintos órdenes de la vida nacional, y muy en particular dentro del quehacer político, que está tan afectado por las confrontaciones crispadas y por las desconfianzas persistentes. Hay que decidirse a cambiar de rumbo al respecto, y esa tiene que ser misión más que tarea, porque generar confianza es propiciar madurez de entendimiento y conciencia visionaria, desde cualquier ángulo que se vean las cosas.

Los salvadoreños tenemos que entender, de una vez por todas, que la insatisfacción fundada es válida y prometedora, pero siempre que se encauce hacia una normalidad en la que prevalezcan las nociones y los valores que caracterizan a una democracia bien vivida. Tengamos fe en la buena marcha del país, y comprometámonos con ella, sin prejuicios estériles ni rechazos obsesivos de ninguna índole. Sintámonos conductores de nuestro destino, con ánimo crítico pero sin pasionismo depredador.

Dentro del panorama actual en este mundo crecientemente globalizado e intercomunicado, El Salvador muestra aún muchos aspectos equívocos y muchas conductas incompatibles con la estabilidad del sistema; pero ni por sombra padecemos las convulsiones y los estallidos que se ven en otras partes, aun en el antes llamado "Primer Mundo". Eso debe motivarnos a cuidar nuestra ruta.

Esperamos, en serio, que todos los actores nacionales, y muy en especial los políticos, se ajusten a un desempeño inequívocamente responsable y racional. Los que salieron debilitados de las urnas deben trabajar en serio para refortalecerse; y los que salieron favorecidos tienen que demostrar que su fuerza se basa en la sana confiabilidad.

La práctica del calendario de elecciones nos indica que sólo tendremos año y medio de paréntesis antes de que se empiecen a activar las vísperas de los comicios de 2024, si bien nos va. Hay que utilizar al máximo ese tiempo, porque los trabajos por hacer son abrumadores y apremiantes.

El país debe continuar avanzando, sin perder ni un minuto. Y nosotros, todos nosotros, los salvadoreños en bloque pleno tenemos que acompañarlo. ¡Vamos, pues!

Tags:

  • modernización
  • confianza
  • análisis
  • crisis pandémica
  • elecciones

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