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La muerte

"En este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos". Benjamín Franklin.

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Carlos Alfaro Rivas

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Nunca me había invadido la sensación de que todos estamos muriendo. Una especie de efecto dominó macabro, impulsado por una pandemia que se está llevando de encuentro nuestro ciclo de vida. Una mezcla de indignación, miedo, cólera y dolor; más profundo, en aquellos que están sufriendo el abrupto samaqueo que trae la muerte de un ser querido.

No siempre el nacimiento activa la cuenta regresiva para morir. La muerte puede imponerse mucho antes, cuando dos células que se unen en el útero no llegan a convertirse en un bebé.

Entonces, podemos morir desde fetos hasta centenarios; nadie sabe cuándo nos va a tocar. Lo importante es vivir, al máximo, la etapa del ciclo de la vida en la que nos encontramos: Nacer, Estudiar, Trabajar, Independizarnos, Casarnos, Tener Hijos y Jubilarnos.

De repente, la Calavera de la muerte llega vengativa con su arma letal (un tal Coronavirus), a interrumpir el ciclo de vida terrenal de muchos "de hijos suyos poderse llamar".

Malvada: Tocamos madera cuando te nombran; inventamos supersticiones para alejarte, jamás hablamos de vos con nuestros hijos y, en ese ritual de miedo y negación, nunca te aceptamos; ni cuando te llevas el alma de un nonagenario.

Toca prepararnos para la batalla, pues el gobierno ya tiró la toalla. Toca convertir el miedo y la negación en determinación y coraje para derrotarte y salir adelante. Eso quiere decir mega cuidarnos, prepararnos para lo inevitable, saber torear los nuevos tiempos; dejar huella; ¡reinventarnos!

Eso quiere decir que florezcan la gratitud y empatía; que amemos; que apreciemos; que nos cuidemos; que vivamos el momento, que no nos sofoquemos.

Yo soy de la corriente de que "cuando te toca, te toca", pero recomiendo aprovechar este ataque frontal de la muerte, para dejar en orden nuestra vida y expresar nuestro deseo post mortem.

Y pre-mortem también. Querida familia: No luchen por mi vida. Cuando ya no pueda nadar, pedalear, ni correr ¡déjenme ir! En entorno familiar, preferiblemente en casa, con la conciencia limpia, sin seguir sufriendo ni prolongando mi vida artificialmente. Dicen que en el Cielo la mascarilla mutará a alas para poder volar; ¡podremos volver a besar!

Me van a perdonar, pero hay que dejarlo por escrito: Post-mortem, traslado de mi chasis al complejo funerario, autopsia para extraer órganos que le puedan servir al prójimo; unos 90 minutos a 1,000 grados centígrados en el horno de gas, y entrega aproximada de 5 libras de cenizas: colocar 9 días en la sala familiar (con vistas a Netflix), dentro de mi copa de la Triatlón de las Fiesta Julias 2018. ¡Nos reventamos el hocico, con el tío Martin!

Después de una celebración de vida con globos, champagne y cuetes de atardecer, en vez de flores, mal café y chambres, mis sobrevivientes esparcirán mis cenizas en el pacífico océano, tan azul, tan dormido, frente al lugar donde nos casamos, bautizamos y crecieron Diego y Tania (y Piropo, la Princesa, Facha, Tyson, La Mia, La Negrita, Hitler, Asshole... good dogs).

El punto es no negar ni temerle a la muerte, sino que, vivir el ciclo de la vida como si no hay mañana, y prepararnos para estar más que listos, cuando nos toque. Vivamos para ser recordados con alegría, no con dolor del alma. Brindo para que la muerte nos impulse a tener una mejor vida.

"Bebe, bebe que la vida es breve" mete cuchara la lorita Pepita, y canta: "No me mates Covido/ no me mates Covido/ no me mates Covido/ Why Don’t You Go Home/ hicup", ¡lora chichipate!

Tags:

  • muerte
  • Benjamín Franklin
  • Coronavirus
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