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La necesaria complicidad

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Federico Hernández Aguilar

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Con justificada razón es muy conocida la frase del gran escritor liberal británico Edmund Burke: "Lo único que se necesita para que triunfe el mal es que los hombres buenos no hagan nada". En este artículo, aludiendo a una de las más terribles expresiones políticas del mal –la dictadura–, propongo la siguiente paráfrasis: "Lo único que necesitan los dictadores para salirse con la suya es una ancha y sistemática complicidad".

¿Complicidad de quiénes? No solo de aquellos que acompañan al aspirante a dictador en su faena, materializando sus órdenes como borregos, servilmente, sino también de quienes encontrándose fuera del círculo íntimo del déspota, y conociendo (por sus evidentes señales) el peligroso derrotero, asumen una actitud claudicante, temerosa, aprovechada o connivente con el statu quo.

Es fácil asociar hoy las atrocidades de Hitler a los hombres que fueron ejecutores obedientes de sus designios –Goebbels, Göring, Bormann, Himmler–, pero nos olvidamos de los intelectuales que le salivaron el oído, de los líderes estudiantiles que le aplaudieron en universidades y colegios, de los sindicalistas que olvidaron sus principios, de los empresarios que prestaron su generosa ayuda al futuro dictador cuando este les ofreció tranquilidad para hacer negocios.

Por supuesto que Stalin no habría conseguido instalar un régimen de terror en la URSS, liquidando a unos veinte millones de personas, sin la ayuda material de sus lugartenientes más sumisos y siniestros –Beria, Yagoda, Yezhov, Malenkov–, pero es conveniente recordar que un totalitarismo tan efectivo no puede sostenerse mucho tiempo sin una cantidad exorbitante de cómplices silenciosos: sindicatos rastreros, jueces pasivos, escritores aduladores, economistas complacientes y una pléyade de profesionales abyectos.

El miedo paralizante que suele preceder a la dictadura es una de las más necesarias condiciones para su prosperidad. Las ambiciones de los aprendices a autócrata reciben oxígeno allí donde falta la respiración constante de la resistencia cívica... o el inconfundible aliento de la bravura. Donde se carece de la hidalguía suficiente para señalar los abusos o las arbitrariedades, la tiranía encuentra amplios espacios para colocar sus banderas. Y así, poco a poco, sin obstáculos a la vista, el "jefe" lleva pendiente abajo a su propia gente, presa ya del pavor, la comodidad, la vileza o la anomia.

Chávez y Maduro se impusieron en Venezuela sobre una colectiva mediocridad. Lo mismo cabe decir de Ortega en Nicaragua y de Morales en Bolivia. Y antes que ellos, Mao halló sus necesarios cómplices (activos y pasivos) en China, Pol Pot en Camboya, Mobutu en el Congo y Salazar en Portugal. Los protagonistas cambian de nombre, pero no la actitud inerte de esas grandes capas sociales que observan desde la barrera cómo sus instituciones democráticas caen a pedazos.

Cómplice necesario es el político opositor que no levanta su voz, con dignidad y coraje, cuando debe hacerlo. Cómplice necesario es el diputado (o diputada) que demuestra su falta de principios acomodando el discurso público a cada cambio de circunstancias. Cómplice necesario es el comunicador que mide cada palabra dependiendo del tamaño del callo que puede pisar. Cómplice necesario es el empresario que hace pactos en los pasillos del poder para garantizar su bonanza, aunque el futuro del país se vaya por el caño.

En tiempos de miedo y oportunismo, quienes se eximen de la complicidad con los dictadores son únicamente los valientes, los patriotas, los que saben cuánto cuesta la libertad. Solo estos podrán en el futuro ver a los ojos de sus descendientes para decirles, con envidiable convicción: "Siéntete orgulloso de tu padre, hijo, porque hice todo lo que pude para impedir que vivieras bajo una tiranía".

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  • dictadura
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