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La necesaria transformación de la izquierda

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Profesor-investigador de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas

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Las perspectivas de la principal fuerza política de izquierda de cara a las próximas elecciones presidenciales no son muy alentadoras. El descalabro en las últimas elecciones municipales y legislativas y las encuestas más recientes revelan un declive acentuado del apoyo de la población hacia el FMLN, que hace muy difícil que se pueda recuperar en los pocos meses que faltan. Lo más probable es que pierda el control del Ejecutivo y que, por tanto, la izquierda socialista tenga que replantearse una transformación integral si es que pretende a mediano y largo plazo hacer avanzar su proyecto político.

Esta transformación requerirá que se realicen cambios esenciales tanto a nivel ideológico como a nivel político. Un aspecto central aquí es que la izquierda debe pensar y asumir la democracia como un fin en sí mismo y más allá de su utilización instrumental (táctica). La democracia debe ser un compromiso estratégico para el hoy y el mañana y un eje fundamental de cualquier proyecto socialista.

En esta línea, la izquierda debe combinar transformaciones democráticas con reformas económicas y sociales con una perspectiva popular, pero superando a la vez varios de los atavismos que han dañado su desempeño político en la última década.

En primer lugar, debe superar el vanguardismo, que implica la existencia de una vanguardia o dirigencia que pretende poseer el monopolio del conocimiento de lo que es y será. Por el contrario, es necesario articular al partido de izquierda con las numerosas iniciativas y diversidad de agrupaciones que desde la sociedad brotan de los sectores desfavorecidos y excluidos.

Lo anterior supone no instrumentalizar a las organizaciones y movimientos sociales. La izquierda debe estar implantada en las movilizaciones sociales, pero no para cooptarlas y subordinarlas a las directrices partidarias, sino para tejer una red de relaciones que den sustento a un proyecto de transformación social permanente.

En segundo lugar, es necesario que la izquierda supere definitivamente el estatismo. La fracasada experiencia de los países del socialismo real enseñó que socialismo y estatización de los medios de producción no son una y la misma cosa. No se trata de un juego de suma cero entre Estado y sociedad, sino de impulsar una mayor democratización de ambas esferas.

En tercer lugar, la idea de revolución, entendida como un suceso que ocurrirá un día cero como resultado de una acumulación de fuerzas y la agudización de las contradicciones, es una idea trasnochada e inviable en el actual contexto nacional y mundial. Hoy es más probable que el proceso de cambios se desenvuelva a través de sucesivas reformas y desgajamientos derivados de las luchas por reformas en las instituciones sociales, políticas y culturales.

De lo que se trata, en última instancia, es que la izquierda, desde una perspectiva socialista, contribuya a la construcción de una sociedad menos desigual, más cohesionada, capaz de atender las necesidades básicas de la inmensa mayoría de la población, mediante un proyecto político en el que la democracia política y las reformas económico-sociales sean las dos caras de ese mismo proyecto. En la conjugación de ambas dimensiones radica la posibilidad de construir un sujeto político emancipador como producto de un amplio movimiento político y social convergente, que impulse las transformaciones necesarias.

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