La nefasta economía del petróleo

Para los seres humanos más modestos (los “no-economistas”), parecería no haber más remedio que observar “de lejitos” cómo el precio del petróleo sube y baja, sujeto –como dicen algunos– por los hallazgos de nuevas reservas, nuevas tecnologías de extracción o las tensiones existentes en alguno de los países proveedores. Pero estos juegos, al igual que el realizado con los precios de los granos básicos (basados en “la voluntad política magnánima” de canasta básica, y no en los costos reales de producción) deben de terminar, y pronto. Pues las consecuencias ambientales están llevando al planeta entero a la tumba; y rápidamente.
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El petróleo es, en definitiva, un recurso natural no renovable. Por tanto, la disponibilidad real no está cambiando en lo absoluto en este planeta. Querer disimuladamente que los precios de dicho recurso sigan supuestas leyes “de oferta y demanda” raya claramente en lo absurdo. Basta ver otras realidades más de fondo para ver qué impactan los precios momentáneos del petróleo. Estos van desde los esfuerzos de bloques de países por tratar de reducir la rentabilidad del prójimo hasta la descarada compra de patentes de alternativas de combustión para el transporte para ponerlos a dormir el sueño de los (in)justos.

Parece preocupantemente fácil ver el colapso que se avecina, cuando la disponibilidad real del petróleo no pueda ya manipularse a través de cifras ficticias de mercado. Pues colapsará el control de su precio, disparándose este en cortísimo tiempo para hacer incosteable la operación de una abrumadora cantidad de vehículos que ya atoran incontrolablemente las carreteras. ¿Catástrofe impredecible? Para nada, pero este no es el peor de los males de estos juegos.

Las cifras de cambio climático y calentamiento global –realidad “ficticia” supuestamente inventada por alarmistas conspirativos de izquierda– han llegado ya a niveles excesivamente alarmantes. Según los datos (seguramente izquierdistas) de la NASA, llevamos ya siete meses rompiendo por mucho los récords de las temperaturas promedio mensual más altas en el mundo. Y las sequías, los incendios, las enfermedades, las inundaciones y la destrucción agrícola y de la naturaleza resultantes están alcanzando costos y dimensiones ya imposibles de compensar. ¿Alguien debería hacerse responsable?

Bajo estas circunstancias, las “COP” (Conferencia de las Partes) de cambio climático como la celebrada recientemente en París no dejan de ser más que espectáculos circenses para despertar esperanzas que nunca habrán de responderse con resultados efectivos. Y esto está muy lejos de ser asunto fuera de nuestro control. Nuestro propio país ha ignorado tecnologías acá generadas que podrían contribuir substancialmente a reducir costos, consumos y daño ambiental a nivel mundial; no digamos nacional. ¿En verdad estamos tan ocupados?

¿Fanfarronadas? Para nada. Existen en nuestro país quienes han desarrollado formas de operar vehículos automotrices con requerimientos de petróleo mucho menores de los actuales. Con hidrógeno. Por colmo, en este país ha sido desarrollada la combustión más eficiente y limpia que se conoce en el mundo entero, de combustibles orgánicos, incluyendo la leña, el carbón y el gas. Y esto pudo haber servido para una máxima proyección de nuestro país en París en diciembre pasado. Por cierto, según la misma NASA. ¿Otra opinión? Hasta el juego torpe e ineficiente que gira alrededor del transporte colectivo no luce en un país tan limitado económicamente. Se ruega a nuestros economistas y políticos a opinar. En caso se animen a “hacer el tiempito”.

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