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La niña Tere

La niña Tere era una mujer morena, de ojos rasgados, pelo negrísimo y colocho. Tenía una amplia sonrisa que contagiaba a todos y cocinaba como los dioses. Uno de los primeros recuerdos que tengo de ella es viéndola hacer tortillas y ver la columna perfectamente simétrica que formaba con ellas.
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Yo tenía menos de 14 años cuando llegó a ayudarnos en casa y pronto se convirtió en un miembro más de la familia. Me emocionaba oírla relatar historias de su Ciudad Barrios querida, donde pasó buena parte de la guerra hasta que migró cerca de la capital. Estaba casada con un pastor y tenía tres hijos, morenitos y graciosos como ella.

Además de recordar su cocina y el inmenso amor que le brindaba a diario a mi familia, también tengo de ella el primer recuerdo de una mujer maltratada.

Tenía 14 años la primera vez que vi a una mujer con el labio reventado por el puño de su esposo. Nunca voy a poder olvidar su rostro adolorido y profundamente triste cuando entró a mi casa esa mañana.

Tenía el labio inferior partido por la mitad. Su esposo, un hombre de hablado suave y pausado, le había dado un puñetazo en la cara, y un anillo grueso que siempre portaba le había propiciado esa espantosa herida.

Estábamos solas en casa. Su primer impulso fue decirme que se había golpeado con una puerta. Pero el destrozo emocional que ese golpe le causó la desbordó y acabó confesando la agresión. No sabía bien qué hacer porque nunca antes vi algo así. Le llamé a mi mamá por teléfono y me dijo que intentara curarla y que si el agresor llegaba, no lo dejáramos entrar.

Estábamos indignados y profundamente tristes por ver su rostro maltratado y su corazón roto. Supe que hacía años no le pegaba pero que esa no era la primera vez.

Tal como lo advirtió mi mamá, don Toño, el agresor, tocó pronto la puerta de mi casa. Abrí la ventana y me saludó con la voz suave y pausada de siempre, como quien no quiebra un plato. Me pidió que su esposa saliera a hablar con él y le expliqué que eso no iba a ocurrir. Tenía 14 años y recuerdo haberlo increpado, decirle que si no le daba pena lastimar así a una mujer.

Bajó la mirada y, al menos en ese momento, no pudo o no quiso defenderse. Ese día supo que esa señora no estaba sola y que si volvía a golpearle, habría quien lo denunciara.

Poco tiempo después, quiero pensar que empoderada un poco con nuestro apoyo, dejó a aquel hombre con el que estuvo casada más de dos décadas. Y siguió su vida con sus hijos.

Murió de un cáncer en el pulmón por respirar “mota” en una sala de confección donde barría los retazos de tela sin una mascarilla.

Cada tanto la recuerdo con un enorme cariño. Me enseñó a cocinar, me consintió como pocos y me mostró valentía con su decisión. Pocas personas lo marcan tanto a uno, pero ese día entendí el daño que la violencia contra las mujeres nos causa y lo importante que es crear redes de apoyo. Desde entonces, busco visibilizar las constantes amenazas a las que estamos expuestas y que tantos buscan normalizar. Seamos la red de otras.

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