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La niña Tila

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A las 03:00 a. m. la niña Tila le ganó al sol y ya estaba en el puesto del Mercado Central. Era diciembre y el comercio iniciaba antes de que la luz del día descubriera los rostros de las vendedoras que, como ella, hacían del delantal el cinturón de seguridad para que sus hijos se agarraran fuerte y encararan el día juntos “arreglando y anunciando la venta”.

La niña Tila, como era conocida en el mercado, había perdido un hijo en 1973 y al año siguiente a una hija, de 28 y 23 años, respectivamente. De la hija le quedó un niño de 6 años de edad, que prácticamente se convirtió en su hijo y que le acompañaba donde fuera. Abuela y nieto, se convirtieron en amigos, grandes y excelentes amigos. Cómplices de la vida.

Ella le contaba historias tristes y otras alegres sobre su vida. La que más le gustaba al niño era una que le narraba cargada de nostalgia. “Estuve cerquita de irme a Bélgica a estudiar para monja, pero mi mamá se empecinó en decir no. Hasta me tuvieron que esconder las monjas de la escuela para ver si me lograban sacar del país”. Un momento que habría ocurrido en su natal pueblo de Ahuachapán a finales de los años treinta.

De ese departamento partió un día de los años cincuenta con dos hijos y unos cuantos centavos. Se instaló en Santa Ana por un tiempo, donde ganó reputación de ser buena comerciante e hizo dinero. “Compré cinco centavos de jocotes, remendé un canasto que recogí de algún lado y empecé a vender en la calle. En cuestión de meses distribuía jocotes al mayoreo, y no solo eso, queso, leche y frutas”, le narraba al pequeño.

“Llegué a tener buena plata, hasta me di el lujo de ir a ver a Pedro Infante en vivo en el Teatro de Santa Ana en 1954, quien salió vestido de charro y tirando balazos”, le describía al pequeño que le escuchaba con una atención imaginativa que hasta terminaban tarareando la música del ídolo mexicano.

El niño crecía admirando a una mujer recia para el trabajo, noble en su actuar, generosa con el mundo y estoica frente a las durezas con las que la vida trata a quienes, pareciera, quiere probar su temple.

“¿Cómo llegó a San Salvador?” le preguntó mucho tiempo después el mismo niño convertido en un joven curioso por reconstruir la historia de su abuela madre. “Con tres hijos y dinero para trabajar. Aquí nacieron dos hijas más. Pero las cosas fueron diferentes y muchas se vinieron abajo”, respondía con un tono reflexivo.

Ella caminó entre las brasas, resistió el frío del invierno, algunas veces lo perdió todo, se levantó de la nada una y otra vez. Un pequeño negocio le sirvió para llevar la fiesta de la vida un poco más serena. Los domingos hacía sopa para vender entre los vecinos y contemplar el ocaso de una historia que fue escrita con lágrimas y sonrisas, con una actitud de jamás darse por vencida.

Algunos de los suyos tendrían que imitar esa actitud una y otra vez. La niña Tila vio hijos y nietos caminar diversos senderos. Los que siguieron sus pasos de comerciantes y quienes cruzaron otros umbrales: maestros, contadores, teólogos, periodistas, escritores, guerrilleros, soldados e inmigrantes convertidos en ciudadanos norteamericanos.

Una mañana de diciembre esa mujer de temple enfrentó a la muerte y le ganó la batalla, porque ganó la Paz y un lugar en la historia. Madres, abuelas y amigas como ella son difíciles de olvidar. Y el pequeño que siempre se tomó de su delantal la recuerda con tal nitidez, que se atreve hoy a escribir parte de su historia.

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