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Brasil es la noticia del día. ¿Quién puede dudarlo?
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Eso sí: nadie sabe qué es lo que va a ocurrir allí ya sea que Dilma Rousseff sea separada y suspendida en su cargo o que se “complique” el proceso legislativo para el impeachment. Lo que en Brasil ocurre cada vez se parece más a un sainete. La corrupción política desborda todos los límites. Lo de España, que no es chico, resulta peccata minuta. Respecto a Argentina es diferente y no se puede afirmar lo mismo: aquí recién se ha comenzado con los allanamientos a propiedades de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner.

Sea lo que sea, en Brasil habrá cambios con efectos internos y externos. Nada fácil. De poco serviría, salvo por muy corto, cortísimo tiempo, prolongar la agonía y continuar con el populismo-progresista del Partido de los Trabajadores de la presidenta Rousseff y de Lula.

Aunque es difícil medir y predecir cuánto ayudaría o afectaría a la “credibilidad” un nuevo gobierno presidido por Michel Tener, exaliado de Dilma y un hombre también investigado por la justicia.

Externamente el efecto de lo que pase en Brasil será removedor. Se reflejará negativamente en las economías de países vecinos y de la región, fundamentalmente, como ya se ha venido dando desde que comenzó la crisis brasileña.

En el plano diplomático, en tanto, la Unasur y el Mercosur ya no serán lo mismo, para empezar. Seguramente sus roles –si es que van a cumplir alguno– no serán con la guía del progresismo-bolivariano de hasta ahora. Es de esperar que Itamaratí haga algunos retoques a su política exterior y quizás la Unasur ya no les sirva de tanto y por el momento hasta le sea un compromiso o estorbo. En cuanto al Mercosur deberá centrarse en su fin económico-comercial, si es que a alguien realmente le interesa. Dejará de “actuar”, eso sí, en temas políticos, como lo hizo con respecto a Paraguay, para facilitar el ingreso a la Venezuela de Chávez y a instancia –o indicación directa– del Brasil de Dilma.

Qué ironía, ¿no? El ser grande tiene ventajas y desventajas: Brasil por su peso pudo incidir en las sanciones a Paraguay por el juicio político a Fernando Lugo, pero ese mismo peso –el ser demasiado grande– impide que los otros se metan o se puedan meter con él, ahora que el juicio político le fue planteado a la presidencia brasileña.

Es probable también que haya un efecto colateral, positivo y revitalizador de la OEA, que ayudaría mucho al papel que viene reasumiendo la organización interamericana luego del cambio de titular en su Secretaría General.

Hasta es posible que influya en el accionar del papa Francisco –tan atento a lo políticamente correcto y conveniente– a quien en los últimos días le ha asaltado la preocupación por lo que pueda suceder en Venezuela. Hasta ahora no se había ocupado mucho y había dicho muy poco sobre los presos políticos y la violación de los derechos humanos por parte del gobierno de Nicolás Maduro. Es un tema con el que no ha estado tan locuaz como con otros.

Pero ahora que la oposición y la mayoría de los venezolanos recurren a una solución constitucional y pacífica –referendo revocatorio– para sacar a Maduro el pontífice hace un llamado al diálogo. En Argentina, en donde más conocen al papa y donde más críticos tiene –que lo califican de peronista y kirchnerista– llegan a decir que se trata de una maniobra para salvar a Maduro desviando hacia “el diálogo” el proceso revocatorio.

Si es como dicen sus críticos, es un movida importante. Es noticia. Aunque, hoy por hoy, lo de Brasil es más noticia. O parece serlo.

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