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La nueva gestión presidencial ya va en ruta de desempeño, y todos los ojos están puestos en lo que viene

La ciudadanía observa, valora, opina y decide de modo cada vez más autoconsciente. Y a esto no escapa nadie, ni los que en un cierto momento son reprendidos ni los que también en un cierto momento son reconocidos.

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Vamos apenas comenzando el séptimo período presidencial desde que allá en 1989 se iniciara el esfuerzo negociador que concluyó el 16 de enero de 1992, cuando aún faltaban más de dos años para que llegará a su fin la Administración de Alfredo Cristiani, que fue el Presidente promotor de la salida política del conflicto armado que durante más de una década se mantuvo hegemónicamente activo en todo el ámbito nacional. Desde que salió a la campaña, el ahora Presidente Bukele manifestó su convicción de que la posguerra ya había dado de sí, y que por consiguiente había que pasar a otra etapa nacional, y eso lo ha reiterado en su mensaje de toma de posesión del cargo, como un compromiso del Gobierno que ya se hizo cargo de la gestión para los 5 años que siguen.

Esto no debe ser tomado ni mucho menos asumido como una declaración retórica, sino que tendría que representar una tarea por emprender de inmediato, ya que se trata de poner en práctica formas renovadas de enfocar, analizar y tratar las distintas cuestiones nacionales que siguen pendientes ya sin admitir tardanzas o desvíos de ninguna índole. Pasar a otra etapa, pues, se ha vuelto una exigencia de los tiempos que corren; y para estar en consonancia con esa dinámica evolutiva es preciso e inexcusable reordenar todos los métodos de trabajo en el sector público, comenzando por los niveles más altos de la conducción ejecutiva, desde la Presidencia de la República hacia abajo.

Con lo anterior queremos subrayar que la consistencia y la coherencia del ejercicio institucional son factores cruciales para impulsar y consolidar esta nueva etapa que tenemos entre manos todos los salvadoreños. Porque hay que recalcar que aunque el Presidente y su Gobierno estén en la primera fila de la actualidad por la misma naturaleza de sus funciones dentro de un régimen presidencialista como es el nuestro, el protagonismo nacional es ahora compartido –como debe ser y como debió ser siempre– entre los representantes y los representados, porque la ciudadanía gana más y más conciencia de su verdadero rol como constante fuente originaria del poder. Y sobre todo en estos momentos, los que gobiernan deben tenerlo muy presente para no despistarse en el camino.

En los planos políticos y gubernamentales el imperativo de rendir cuentas por el desempeño de la respectiva función ha ido ganando relieve, y no de manera formal sino en el mismo desenvolvimiento de los hechos. La ciudadanía observa, valora, opina y decide de modo cada vez más autoconsciente. Y a esto no escapa nadie, ni los que en un cierto momento son reprendidos ni los que también en un cierto momento son reconocidos.

La población en general, que es el sujeto prioritario, merece respeto y dedicación, y demanda responsabilidad y eficiencia. El exacto cumplimiento de estos cuatro puntos obligatorios es lo que determina el éxito de una gestión, sean cuales fueren sus características procedimentales y sus connotaciones ideológicas.

Pronto se sabrá en forma más clara e identificable por dónde vamos y hacia dónde vamos. De eso dependerá lo que podamos esperar.

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