La ola ascendente de feminicidios les pone un desafío escalofriante a la sociedad y a la institucionalidad

Esto, desde luego, no es una forma de conducta que surgió de la noche a la mañana, sino que tiene hondas raíces en la configuración del fenómeno social. El machismo arraigado a lo largo del tiempo va generando expresiones de índole variada, que se rigen en buena medida por el silencio y por la impunidad.
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Uno de los fenómenos más dramáticos y desgarradores que se hacen sentir en el momento actual de nuestra realidad es el que se grafica en la creciente violencia contra la mujer, con un auge de feminicidios que tiene a la sociedad en estado de shock. Dicha violencia no es nueva en el ambiente, donde la convivencia de género siempre ha sido traumática; pero el deterioro progresivo de las conductas personales, familiares y sociales ha hecho que la desintegración de la normalidad sea cada vez mayor. Los comportamientos violentos de la más variada índole flagelan a diario las condiciones de vida, la crisis de valores se hace sentir por doquier, la desestructuración de la familia está a la orden del día y la inseguridad galopante estimula al máximo todos los desajustes presentes.

El hecho de que nuestro país lleve el liderazgo mundial en lo que a crímenes mortales contra la mujer se refiere debe ponernos en máxima alerta sobre lo que está ocurriendo en nuestro país en los distintos planos de la inseguridad ciudadana. Este es un desafío que debe ser reconocido y aceptado por todos los sectores nacionales para poder encarar la responsabilidad de revertir dicho estado de cosas, que es verdaderamente escalofriante. Hay que trascender las estadísticas y pasar al plano de las estrategias correctivas, que tienen componentes culturales, educativos y de efectividad institucional.

La violencia intrafamiliar, que se ha venido volviendo una plaga sin control en nuestro ambiente, pone a la mujer en el centro de los ataques más comunes. Y tanto en el plano de lo físico como en el orden de lo psicológico tenemos al respecto un panorama verdaderamente desolador. Esto, desde luego, no es una forma de conducta que surgió de la noche a la mañana, sino que tiene hondas raíces en la configuración del fenómeno social. El machismo arraigado a lo largo del tiempo va generando expresiones de índole variada, que se rigen en buena medida por el silencio y por la impunidad.

Como dato ilustrativo de lo anterior, de la Encuesta Nacional de Violencia contra la Mujer, llevada a cabo en 2017, y dada a conocer recientemente por la DIGESTYC (Dirección General de Estadística y Censos), resulta que sólo 6 de cada 100 mujeres que sufren algún tipo de violencia la denuncian ante las autoridades competentes, por temor a represalias o por vergüenza de que su situación se haga pública; y a esto hay que agregar que, según la misma Encuesta, el 67% de las mujeres salvadoreñas han sido víctimas de violencia en algún momento de su vida, lo cual da una muestra viva de la gravedad de la situación.

La convivencia pacífica en todos los ámbitos y niveles de la estructura nacional exige que la violencia sea erradicada de manera permanente y sin excepciones, y ya no se diga cuando se trata de atentados contra la vida, como es el caso de los feminicidios recurrentes, que tienen al país en crispada consternación. Se requiere, entonces, que sea puesto en acción un plan de lucha contra todas las formas de violencia, que no sólo llegue a los trasfondos del problema sino que tenga todas los elementos de una cruzada sin retorno.

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