La opinión ciudadana reitera sus malestares y sus ansiedades cada vez que se le consulta sobre la situación nacional y el rumbo del país

Hoy más que nunca, dadas las condiciones que imperan, hay que oír con especialísima atención la voz de la ciudadanía, y no sólo oírla como oír llover sino como lo que debe ser: promotora básica del compromiso de hacer las cosas de manera cada vez de más responsable y eficiente.
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En la más reciente encuesta de LPG Datos, realizada en los últimos días de agosto, la ciudadanía salvadoreña volvió a expresar de manera inequívoca su descontento con la conducción política actual y con el rumbo que sigue llevando el país sobre todo en las áreas más sensibles y determinantes. Esta manifestación del sentir y del pensar de los salvadoreños no sólo no es nueva sino que se repite sistemáticamente cada vez que se indaga sobre cómo están las cosas en el ambiente, y lo que ya resulta fuera de toda comprensión es que, pese a que se machaca sobre lo mismo, no hay respuestas orgánicas ni en lo político ni en lo gubernamental que se dediquen a atender a fondo las inquietudes y las demandas de la población.

En la encuesta a la que hoy estamos haciendo alusión, los números no pueden ser más elocuentes: el 80.5% de los encuestados opina que el país está mal o muy mal, en abierto contraste con el ínfimo 9.3% que considera que el país está bien o muy bien; y en cuando al rumbo nacional, apenas el 8.2% dice que lo que se sigue es el rumbo correcto, mientras que un caudaloso 81.4 entiende que vamos por el rumbo incorrecto. El panorama, pues, no ha cambiado en lo esencial desde hace ya largo tiempo, y el hecho de que se mantengan las percepciones negativas representa un signo de alta peligrosidad constante para todo aquello que se trata de activar en la línea del progreso y en la vía del desarrollo.

Y es que la opinión ciudadana constituye uno de los combustibles esenciales del avance nacional desde cualquier ángulo que se mire; de ahí que cuando ese combustible es pobre y escaso porque así lo determinan la insatisfacción y la desconfianza, las posibilidades de desempeño exitoso en los distintos ámbitos del quehacer nacional se reducen hasta la inexistencia, como es muy fácil percibir en nuestras realidades del día a día. Hay una queja generalizada sobre el comportamiento de las instituciones en el desempeño de su labor, y esto se manifiesta con más claridad y contundencia en lo que se refiere a las dos áreas más cuestionadas del fenómeno político institucional y socioeconómico del presente: la seguridad y la economía.

En lo que toca a la seguridad, el 71.3% de los entrevistados considera que la situación es mala o muy mala; y en lo referente al trabajo accesible, un 73.6% percibe que la situación es mala o muy mala. Las cifras son ilustrativas por sí mismas del atolladero en que se halla inmersa nuestra realidad. Y lo que se enciende de inmediato son las luces de alarma sobre lo que seguramente está por venir si no se activan los replanteamientos y los reordenamientos necesarios para dar un giro sustancial en todos los sentidos.

Hoy más que nunca, dadas las condiciones que imperan, hay que oír con especialísima atención la voz de la ciudadanía, y no sólo oírla como oír llover sino como lo que debe ser: promotora básica del compromiso de hacer las cosas de manera cada vez de más responsable y eficiente. Aunque dado el momento político que se vive es muy difícil lograr entendimientos nacionales en esa ruta, no hay que quitar el dedo del renglón sobre la necesidad de buscar salidas que de veras funcionen, porque de lo contrario la cadena de las crisis se intensificará progresivamente hasta llegar a límites incontrolables. Eso es lo que hay que evitar a toda costa, porque es la suerte de todos los salvadoreños y del país lo que está en juego.
 

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