La palabra “diálogo” se ha puesto de moda, pero lo que se necesita en todos los ámbitos es voluntad real de armonizar

Los conflictos son lo que más abunda en todos los espacios de la realidad actual, tanto nacional como internacional, y muchos de ellos están cargados de tanta hostilidad que no se ve por dónde podrían ser resueltos pacíficamente.
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La palabra “diálogo” se ha puesto de moda, pero lo que se necesita en todos los ámbitos es voluntad real de armonizar

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Es que la atmósfera imperante en esta precisa coyuntura histórica resulta cada vez más irrespirable, porque la globalización lejos de abrir ventilaciones ha cerrado recintos. El miedo a coexistir sin las barreras tradicionales es una plaga altamente contaminadora, y es justamente eso, el miedo, lo que desata las peores violencias. En tales condiciones, la crispación autodefensiva se vuelve el factor más común en el momento histórico presente, con todas consecuencias adversas que proliferan por doquier.

En un ambiente tan convulso y peligroso es lógico que comiencen a circular llamamientos en pro de salidas pacíficas; y así vemos cómo el “diálogo” aparece en forma de invitación a resolver situaciones que están fuera de control. Pero la misma experiencia demuestra que cuando se ha llegado a extremos como los que se dan en esta hora del mundo, el tratamiento de la realidad requiere mucho más que expresiones espontáneas: es preciso redefinir actitudes, organizar voluntades y poner en línea estrategias que puedan conducir de veras hacia un nuevo esquema de relaciones. Y es en la política donde hay que hacer mayores y más efectivos esfuerzos para que eso sea alcanzable.

Precisemos en primer término lo que significa “diálogo”. Según el Diccionario de la Lengua Española, “diálogo”, en su tercera acepción, es “Discusión o trato en busca de avenencia”; y “avenencia”, en su segunda acepción, es “Conformidad y unión”. Es decir, diálogo sería entonces trato en busca de unión. En otras palabras, el diálogo no se consuma como tal si no se llega a la unión; en este caso, de voluntades y de resultados. Se hace claro, entonces, que el diálogo, en su auténtico sentido, constituye una dinámica que debe ser articulada inteligentemente para propiciar logros reales. No es sentarse a hablar a la ligera, sino hacerlo con un plan que dé la pauta para asegurar en lo posible que los resultados correspondan a los propósitos.

En un caso tan crepitante como es el de la crisis venezolana actual, se ha venido haciendo referencia al diálogo entre las fuerzas ferozmente contrapuestas. Luego de muchas idas y venidas, el Papa Francisco acaba de decir que estaría dispuesto a insistir en el diálogo, pero ahora con condiciones. Son sin duda esas condiciones de viabilidad las que evitan que los esfuerzos se vuelvan simulacros. En nuestro país, ni de lejos estamos en una crisis semejante, pero la inoperancia de la interacción entre las principales fuerzas políticas viene generando perjuicios que se acumulan y son cada día más obstructivos. Sin duda, necesitamos diálogo, pero con condiciones, como diría el Papa Francisco.

Y la primera condición tendría que ser que haya seguridades verificables de que el empeño es un compromiso con las metas y con los métodos pertinentes. Como decimos en el título de esta columna, lo que debe garantizarse desde el inicio es la voluntad real de armonizar. Y usamos este último término con intención esclarecedora, porque armonizar, según el Diccionario ya citado, es “Poner en armonía, o hacer que no discuerden y se rechacen dos o más partes de un todo, o dos o más cosas que deben concurrir al mismo fin”. Y es que el diálogo no debe ser visto y tratado como un recurso de distracción ni como una táctica evasiva. Lo que se necesita en todas partes es responsabilidad frente a los problemas y sus eventuales soluciones.

En nuestro país, es hora más que sobrada de que la seriedad y la consistencia se hagan valer en todos los sentidos, porque de lo contrario el riesgo de inviabilidad funcional irá volviéndose más y más incontrolable. Tiene que haber diálogo nacional en el más amplio sentido del término, y también diálogo intersectorial, político e institucional. Lo que ya no se puede ni se debe es continuar en esta especie de impase que va cerrando todas las fuentes de progreso.
 

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