La pandilla, Dios y la Iglesia

La relación entre violencia y religión tiene una historia muy peculiar; en nombre de Dios y del fanatismo religioso se han cometido grandes atrocidades humanas.
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 Tal como señala Ignacio González Faus –profesor de antropología teológica en “Unicidad de Dios y Pluralidad de Místicas” 2012–: “Si bien la experiencia mística es anti-violenta, se dan manifestaciones religiosas violentas, pero esto se debe al fundamentalismo, a la autodefensa, al universalismo, a la supervivencia y sobre todo al fanatismo”. En teoría no debe haber una correlación entre violencia y fe, pero en la práctica: la religión, la política, el género y la raza son las principales causas de la irracionalidad humana.

Existen estudios y modelos matemáticos sobre conductas fanáticas de corte yihadista; sobre todo de aquellos que buscan defender a Dios y su religión, propugnando un historial criminal y terrorista, desde las batallas teístas veterotestamentarias, pasando por las Cruzadas, la Inquisición, hasta el fundamentalismo islámico. “En nombre de Dios...” se ha perseguido y asesinado... Incluso en el mundo cristiano existe una teología martirial y otra corriente “Anselmiana” que comprenden la fe desde el dolor y el sufrimiento.

Las pandillas en El Salvador también poseen una importante carga religiosa; lo observamos en sus tatuajes, en los grafitis –en el plano simbólico–, en el mantra ritual “Que vayas con Dios” de los sepelios, y en otras manifestaciones de sus creencias y valores.

Investigaciones de Luis Enrique Amaya y Juan Martínez d'Aubuisson indican que las medidas extraordinarias, junto con una amplia serie de factores, estimulan que los miembros de pandillas abandonen sus agrupaciones por medio de procesos ligados al trabajo de iglesias evangélicas, principalmente a las de corte pentecostalista y profético.

Las iglesias evangélicas con mucha versatilidad organizativa, ritual y litúrgica ofrecen a los pandilleros un buen espacio de reinserción: a) hay liderazgos o pastores; b) existen símbolos y lenguajes; c) hay un concepto de comunidad con sentido de pertenencia; d) hay identidad; e) hay una agenda para hacer cosas; e) existe hasta una fundamentación bíblica para aceptar los tatuajes: Cant. 8, 6; Gal. 6,17; Ap. 13,16; etcétera.

De darse esta movilidad social, será importante analizar posibles coyunturas de “pandillerización de las iglesias” o “cristianización de las pandillas”; ambos fenómenos pueden ser peligrosos. Primero habrá que valorar si las “conversiones” son con base en madurez de la fe o por conveniencia; segundo, tener certeza de la erradicación de la violencia como forma de vida; tercero, analizar el rol que pueden jugar los pandilleros en la agenda pastoral de las iglesias.

Como anotamos anteriormente, muchas iglesias evangélicas no están sujetas a un patrón organizativo estable; su funcionamiento depende del perfil del pastor general, y si bien esto da mayor flexibilidad institucional también permite un marco más laxo y vulnerable para las conductas de los miembros de la comunidad religiosa.

Transitar del gusto en la fe, hacia la pasión y luego al fanatismo es un camino relativamente fácil, cuando no hay una buena base teológica; además, citando a Erich Fromm no debemos olvidar que el fanatismo es un intento de escapar de la soledad, creyendo que poseen la verdad en su poder, una verdad que no debe cuestionarse...

Más allá de los loables esfuerzos de las iglesias, no olvidemos que lo que necesitan los jóvenes pandilleros son oportunidades y sobre todo verdaderos procesos educativos con base en ciudadanización; y más aún, ayudarles a construir un proyecto de vida con futuro y con sueños, no se trata de enseñarles un oficio y ya, o que anden con la biblia debajo del brazo repitiendo versículos y buscando convencer a otros de su verdad.

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