La patria es una mujer

Mirar a la población salvadoreña gozando en los actos cívicos de sus hijos e hijas, agradeciendo por el terruño que nos vio nacer, me hizo pensar que nuestra joven democracia está pasando de ser una niña a ser mujer, como dice la canción. Recuerdo que mi abuela me decía que para reconocer si un hombre vale la pena como esposo la prueba certera era observar si trataba bien a su madre... “porque de esa forma te va a tratar a ti”, remataba mi abuela el consejo.

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En esa misma línea se expresa la escritora francesa Georgette Blaquière cuando nos dice: “La crisis que viven las familias de hoy es, ante todo, la crisis de la pareja hombre-mujer que actualmente se ve amenazada por una de las grandes reivindicaciones de la modernidad: el individualismo atroz, el cual repercute en las relaciones hombre-mujer dentro de la institución familiar, una comunidad de personas. En la familia la jerarquía no se impone –dice ella–, sino que debe derivar de que cada uno tiene valencias distintas”.

 

Si no tratamos bien a las mujeres en general o de la tercera edad, ni a las enfermas; o las que tienen embarazos difíciles para que den a luz sin peligro con buena atención de salud; o las que trabajan en jornadas interminables y no tienen tiempo de ser madre para sus hijos; o no tienen empleo; ¿cómo vamos a cuidar, acompañar y curar los males y padecimientos de nuestra patria?

 

Se puede hacer un cambio radical en nuestra patria si comenzamos a cuidar mejor a las familias. Efectivamente, el ser humano es un individuo que necesita para llegar a su plenitud de una familia. En ella crece y por ella se perfecciona; no solamente en la infancia y en las necesidades físicas o educativas sino sobre todo en formarnos un criterio con el que después dominemos el mundo, orientemos la tecnología y nos relacionemos con otras personas. La antropóloga Dra. María Adela Tamés escribe en su obra “La mujer y la crisis de la familia”: “O tenemos una fuerte estructura familiar que nos permita hacer de nuestros hijos (as) unas personas íntegras, de recto criterio, de insobornable rectitud ética, o ellos mismos –con la ciencia y la técnica que hemos hecho posible que desarrollen– destruirán la humanidad y a nosotros mismos...”.

 

Solo en la familia se aprende el concepto cristiano de la persona, que es tan extraordinario que lleva a decir al filósofo Javier Hervada: “La gran osadía del cristianismo está en la alta idea del hombre (mujer) que nos descubre”. Con la innegable realidad que descubre, el humanismo cristiano nos ayuda a vernos como seres únicos, irrepetibles, libres, dignos de respeto, con una serie de capacidades y rasgos; pero sobre todo como seres dinámicos creados a imagen y semejanza de Dios por su mismo amor, y llamados a ser semejantes a Dios por medio de un dinámico perfeccionarse a lo largo de nuestras vidas.

 

La Dra. Tamés afirma: “Es el seno de cada familia, en lo íntimo de cada corazón, donde nace la paz, el respeto, el reconocimiento, coherente con cada acción del real respeto que demanda cada persona humana... Es preciso que en el seno de cada hogar renazca el verdadero amor, aquel que se distingue por la donación mutua y generosa de los esposos; que nazca allí, a la vez que cada criatura, el clima que favorezca el aprendizaje del amor, del respeto, de la generosidad”.

 

Cuidando a las familias cuidamos a las mujeres y con ellas, cuidamos a la patria.

 

 

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