La paz en El Salvador

Vivimos en un mundo señalizado por cambios vertiginosos. Esos cambios tienen como producto un aumento del bienestar material y del progreso económico; un proceso de globalización que ha dado lugar a nuevas formas de estar conectados, y de solucionar o acrecentar los problemas de la humanidad.
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El “estado del mundo” deja atrás un legado en el que se mezclan diversos factores: cientos de guerras y conflictos, pobreza, marginalidad, discriminación y racismo. Este es un momento en que los avances en el bienestar material no son suficientes para mejorar la calidad de la vida humana.

Es responsabilidad de los seres humanos, desde cualquier posición profesional, familiar, humana y moral –pero especialmente de los que dirigen instituciones educativas–, contribuir a cimentar las bases de una sociedad más humana, que teniendo su origen en el interior de cada persona, se proyecte en la vida cotidiana.

Esa acción es sencilla: simplemente es necesario tener una clara visión del nuevo mundo que nos espera; un mundo basado en la verdad y gobernado con justicia, equidad y amor.

Para lograr la paz en nuestro país es preciso obtener primero la paz interior. Para lograr la tolerancia social es necesario ser tolerante interiormente. Para eliminar el crimen se debe erradicar el crimen de la mente humana. Si es importante la estabilidad mundial, hoy es preciso cultivar la estabilidad interior en cada ser humano.

En 2017, en el que se celebraron los 25 años de la Firma de los Acuerdos de Paz de nuestro país, tenemos muchos desafíos los salvadoreños, pero principalmente, las instituciones educativas.

En primer lugar, la principal responsabilidad es cambiarnos a nosotros mismos, para asegurar un futuro mejor para la humanidad.

En segundo lugar, escuchar teniendo plena conciencia de la magnitud de la ignorancia humana. El estar deseosos de escuchar nuevas voces, no solo de las personas que han recibido educación o que se denominan maestros, sino también de las personas que forman parte de una comunidad educativa y de todas las personas independientemente de su procedencia.

En tercer lugar, es necesario elegir líderes que se caractericen por su vocación de servicio, que entiendan que la paz puede ser el aglutinante que una al mundo, en lugar de que lo sean las vinculaciones materiales; que entiendan que la sabiduría no reside totalmente en las personas con educación, en los especialistas y en los técnicos; sino que también reside en los corazones y en la mente de la gente conocida y desconocida, poderosa y sin poder.

Necesitamos hacer de la educación una universidad, en el sentido bello de la palabra: uni-diversidad, resaltar la belleza de lo diverso con su unidad. Una humanidad solo puede amar su diversidad y convertirla en abundancia sintiéndose unida.

Finalmente, quiero destacar la idea central desarrollada por nuestro Beato, Monseñor Óscar Arnulfo Romero, investigador en temas de paz, quien escribió con propiedad que la construcción de la paz se hace realidad a través de la educación, del acuerdo social y del compromiso político. Además, dijo Romero que solo con la voluntad individual y colectiva, con el interés de los gobernantes y a través de programas intensivos e incluyentes de educación, la paz, en todos los ámbitos, será un bien alcanzable.
 

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