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La peor idea y la peor ejecución, en el peor momento

Nadie gana con el bitcóin excepto los participantes en el negocio de su aplicación en El Salvador, un listado que el gobierno pretende mantener bajo llave; que familiares del mandatario hayan participado en reuniones en las que se hablaba de la secuencia de hechos que permitirían la criptoevangelización del país es ilustrativo. Bukele ha fallado a lo grande con este proceso, a los tropezones, sin inspirar a la mayoría de la población, sembrando recelo entre la mayoría de sectores productivos y exhibiendo la incompetencia de sus estrategas de comunicación y la suya propia como vocero de una materia que lo supera.

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Las criptomonedas entrañan los mismos problemas en todos lados: volatilidad, falta de regulaciones y su vulnerabilidad como medio para el lavado de dinero. El Salvador, merced a la necedad de Nayib Bukele y la complicidad de su gabinete económico, hará historia hoy al pretender que una de esas criptomonedas, el bitcóin, sea utilizada como dinero.

¿Por qué no se le ocurrió a ningún otro gobierno hasta ahora? Por la sencilla razón de que para ser usada como dinero, una especie debe cumplir con tres propiedades: servir como medio de pago, como depósito de valor a través del tiempo y como unidad para establecer el precio de bienes y servicios.

En decenas de países, el bitcóin ya sirve como medio de pago, y para ello no requirió de ley alguna; mientras, no funciona como unidad de cuenta debido a su volatilidad extrema y por eso mismo sólo a un loco -o a un millonario- se le ocurriría usarlo como materia de sus ahorros.

No es la primera vez que un gobierno latinoamericano pretende construir un atajo ante el sistema financiero internacional, en especial si ha habido un deterioro de relaciones con alguno de los poderes fundamentales en ese ecosistema, por ejemplo con los Estados Unidos de América. Venezuela lo intentó sin éxito con un bodrio llamado petro y Cuba ya insinuó que legalizará el uso de las criptomonedas.

Esa es una de las motivaciones de Bukele para arriesgar de este modo la economía salvadoreña, pero ni en su conjunto esos propósitos explican la ceguera y la temeridad.

El presidente se empecinó con esta locura en un momento delicado de las relaciones salvadoreñas con el Fondo Monetario, deteriorando aún más los bonos soberanos, sin apoyo popular a la idea y con un proyecto rico en improvisación. El estrés al que someterá a los ciudadanos sólo se compara con lo que le hará al cotidiano intercambio de bienes y servicios, que se puede volver caótico.

Nadie gana con el bitcóin excepto los participantes en el negocio de su aplicación en El Salvador, un listado que el gobierno pretende mantener bajo llave; que familiares del mandatario hayan participado en reuniones en las que se hablaba de la secuencia de hechos que permitirían la criptoevangelización del país es ilustrativo.

Bukele ha fallado a lo grande con este proceso, a los tropezones, sin inspirar a la mayoría de la población, sembrando recelo entre la mayoría de sectores productivos y exhibiendo la incompetencia de sus estrategas de comunicación y la suya propia como vocero de una materia que lo supera. La primavera de su criptomanía también marcará un primer gran distanciamiento con la nación.

Es la única ganancia que El Salvador obtendrá de este extravío: que más ciudadanos contemplen con lucidez, sin la venda del resentimiento y de la alienación de los últimos años, lo diminuto de nuestro presidente. Hay que ser un hombre muy pequeño para albergar al mismo tiempo una megalomanía tan grande y esa necesidad de notoriedad.

A cambio de los aplausos de una logia de especuladores internacionales y de beneficiar a su círculo con un negocio de varios cientos de millones, poco le ha importado lucir ante sus electores como el matón con pretensiones mesiánicas que siempre ha sido.

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