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La población está demandando una gestión gubernamental que ponga los resultados por encima de las declaraciones

Lo inviable a estas alturas es querer insistir en políticas incompatibles con el fenómeno real y en programaciones desconectadas de lo que está pasando en el terreno.

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En otros tiempos, el rol que en los hechos políticos desempeñaba realmente la ciudadanía era mucho más una ficción legalizada que una participación efectiva. Eso ha venido cambiando con el paso del tiempo, y no sólo desde luego porque el tiempo haya venido pasando como tal, sino porque las condiciones de la evolución política hacen cada vez más visibles los riesgos en que estamos inmersos por la falta de un manejo serio y confiable del acontecer político. Históricamente sólo se ha puesto énfasis en el carácter representativo de la democracia como régimen, dejando de lado, sin siquiera mencionarlo, el hecho de que por debajo y por encima de la representatividad que la ley ordena y define está y debe estar siempre la participación, no como esquema manipulable sino como ejercicio vitalizador de todos los tejidos y estructuras que conforman el ente nacional en su faceta pública.

La gestión institucional ha dejado siempre mucho que desear, y lo que vemos y experimentamos en el momento actual si bien denota mejorías comparativas respecto de lo que antes se daba, deja bien en claro que todavía nos encontramos necesitados de correcciones y de reordenamientos que hagan posible eliminar vicios de manera definitiva y activar mecanismos saneadores que lleguen para quedarse. Lo inviable a estas alturas es querer insistir en políticas incompatibles con el fenómeno real y en programaciones desconectadas de lo que está pasando en el terreno. La población lo dice a cada instante: queremos resultados, no simples ofrecimientos; queremos obras vivas, no simulacros bien maquillados.

Y ahora que nos hallamos en plena campaña electoral esa demanda precisa se vuelve todavía más imperiosa. En las circunstancias presentes ya no basta, ni mucho menos, con que los candidatos y sus líneas de campaña digan lo suyo: lo que más importa es asegurar la receptividad que opere en la ciudadanía, que se ha vuelto cada día más atenta y exigente, con voluntad de hacerse escuchar de veras. La ciudadanía ya no es receptora pasiva; por el contrario, hoy es partícipe demandante, y eso se puede observar y constatar en las formas más variadas y en los espacios más diversos, porque en realidad se trata de un fenómeno que no es exclusivo de ningún país ni de ninguna zona.

Pasó el tiempo de las promesas y estamos en la era de los compromisos. Dice la sabiduría popular que de prometer nadie se queda pobre, y eso hay que recordarlo hoy en esta forma: el que sólo promete se queda solo con sus promesas. La clave del presente está en comprometerse a realizar lo que los tiempos y los seres humanos que nos movemos en estos tiempos exigimos. Y la primera demanda es eficiencia verificable y sostenible.

Las declaraciones explicativas hay que manejarlas como insumos propios de la comunicación política, pero en el entendido de que en ningún caso pueden ser la expresión principal del ejercicio institucional. Se tiene que salir de la intrascendencia del blablá político para que haya gobernabilidad en el pleno sentido del término. Eso es lo que todos esperamos y demandamos de aquí en adelante, para despejar la ruta del progreso.

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  • ciudadanía
  • evolución política
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  • campaña electoral
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