La política, como toda tarea de fondo, necesita planificación, organización y administración

Hay un pragmatismo fertilizador que debe ser bien reconocido y bien asimilado por todos. Lo que ya no se puede, ni aquí ni en ninguna parte, es ignorar la evolución del pensamiento y de la práctica.
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La política, como toda tarea de fondo, necesita planificación, organización y administración

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Una de las nociones más fantasiosas que acompañan siempre a la política es la que imagina que ésta es una especie de deidad autosuficiente, que se basta y se sobra a sí misma. Esto de seguro está directamente vinculado con el objeto insustituible y el objetivo principal de la política: el poder. Y es que el poder, que nace del más fuerte impulso subliminal del ser humano, se vanagloria, y así lo ha hecho en todo tiempo y lugar, de ser un producto mestizo: humano y divino al mismo tiempo. No es extraño, entonces que los poderosos de todas las épocas y de todas las latitudes tiendan a perder tan fácilmente los contactos con la vida real; y que el primer extravío generalizado tienda a hacerle sentir al que tiene poder que por ese hecho está por encima del resto de los mortales. Casos emblemáticos de ello son, por decir unos cuantos, Nerón, Napoleón, Hitler y Stalin, con su infinidad de reproducciones caricaturescas.

En nuestro país, la política viene comportándose históricamente como si nunca se hubiera puesto a pensar en su naturaleza, en su rol y en su destino.

Durante la mayor parte del tiempo transcurrido desde que, como nación incipiente, los salvadoreños nos hicimos cargo de nuestra propia gestión, la política estuvo férreamente sometida a los dictados del poder, salvo en algunos momentos a la vez fugaces y emblemáticos, como fue el gesto airoso de resistencia pacífica que le puso fin a la dictadura martinista, hace un poco más de 70 años. Y tal sometimiento consuetudinario impidió que la democracia se hiciera presente en nuestra vida temprana. El giro se dio cuando el régimen autoritario, que se creía imbatible, sufrió su descompensación irreversible, allá a fines de 1979, cuando parecía que era sólo otra crisis de recorrido, como tantas anteriores.

Llegó la democracia, en apariencia endeble, pero con una fortaleza que ya hubieran querido las expresiones caudillistas del pasado. Pero como esto se daba de manera paralela al conflicto bélico, la política encontró en éste la excusa perfecta para evolucionar a medias, a la espera de que el poder definiera su propia suerte en el terreno de las armas. Tal posibilidad no se dio, para fortuna de nuestro proceso nacional. Lo que ocurrió fue lo contrario de aquello a lo que estaba habituada la política entre nosotros: las partes en contienda tuvieron que aceptar la fórmula del entendimiento, en la que nadie gana todo, sino que todos tienen que acomodarse a la saludable relatividad del poder bien entendido.

Desde entonces, la política ha tenido que venir haciendo jornadas didácticas exigentes e inevitables. En el transcurso, los actores políticos no han disimulado sus rebeldías y sus retorcijones, pero hay que decir con honestidad que el aprovechamiento ha sido satisfactorio, aunque siempre queden lecciones por asimilar. La violencia política que se vivió y se padeció por tanto tiempo ha desaparecido del escenario: esa es una ganancia histórica trascendental, que apenas se recuerda. Pero si bien hay grandes avances también hay grandes tareas pendientes. Al respecto, la política se viene enfrentando, cada día con más apremio, a las demandas de su naturaleza normal. Pasar de la identidad ambigua a la identidad inequívoca.

Todo esto implica reconocer, en primer término, que la política no es un juego de azar, sino una práctica orgánica, que requiere planificación, organización y administración. Planificar a partir de la realidad en movimiento; organizar en función de las exigencias del trabajo en perspectiva; administrar según las líneas y normativas de toda empresa seria. Sobre todo en lo que se refiere a su manejo estratégico básico, la política no puede ser función de aficionados, cualquiera que sea la capacidad o la intención de éstos.

Al ser así las cosas, es muy fácil advertir que en nuestro ambiente la reconversión de la política tiene prácticamente todo por hacer. Una de las principales fuentes de inseguridad reside en el manejo improvisado y casual de la gestión política. Por ejemplo, los partidos políticos ni siquiera cuentan con idearios actualizados, cuando se ha dado un cernido tan dramático de las ideas políticas en los planos globales.

¿Qué es hoy el liberalismo funcional? ¿Qué es hoy el socialismo funcional? Los términos por sí ya no dicen nada, al menos en comparación con lo que antes decían. Hay un pragmatismo fertilizador que debe ser bien reconocido y bien asimilado por todos. Lo que ya no se puede, ni aquí ni en ninguna parte, es ignorar la evolución del pensamiento y de la práctica. Esa es una de las enseñanzas más demandantes de nuestro tiempo.

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  • democracia
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