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La política, como todas las prácticas eminentemente pasionales, necesita autocontrol en todos los que la ejercen

Sería irreal imaginar que la política va a moverse por sí misma: la movemos los ciudadanos, de cara a quienes la conducen; y por ello quienes la conducen tienen que entender que su responsabilidad principal estriba en responderle sanamente al interés ciudadano.

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David Escobar Galindo

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Una de las características más relevantes y notorias del momento actual que se vive en el mundo es precisamente la mundialización puesta en evidencia en todas las prácticas humanas. Antes, cuando se vivía un mundo estrictamente cuadriculado, era factible sostener que dichas prácticas tenían diferenciaciones radicales según las latitudes y los países, y así se llegó a creer que había una escala de mundos: Primer Mundo, Segundo Mundo, Tercer Mundo, Cuarto Mundo... Es cierto que las condiciones de riqueza y de poder establecen, y establecerán siempre, diferencias innegables; pero lo que constituye un exceso artificioso del juicio es llegar a considerar que tales diferencias representan categorías humanas que van de lo superior a lo inferior. No es de extrañar, entonces, que hoy, ante los cambios característicos de este momento histórico, haya tantos desconciertos generalizados, porque ya no es evitable repensar los fenómenos humanos a la luz de las nuevas realidades en marcha.

La política, por su propia naturaleza de actividad presente en todos los lugares imaginables, desde las aldeas más remotas hasta los centros urbanos más prominentes, es el mejor escenario para descubrir y desentrañar los movimientos de la conducta humana en su más revelador sentido. Y hoy, cuando estamos con el mapamundi conductual a disposición de todos, eso se vuelve aún más significativo. Lo que vemos, de entrada, es que el ejercicio político presenta en todas partes un descontrol que hubiera sido inimaginable hasta hace poco como expresión universal. Los grandes liderazgos actuales, igual que las dirigencias de las comunidades más irrelevantes geopolíticamente hablando, parecen sacados del mismo molde. Y la nota más compartida es eso que acabamos de calificar como descontrol. Es decir, parece que a todos se les ha extraviado la brújula.

Y lo que, en consecuencia, se observa casi por doquier es un despertar de la insatisfacción ciudadana, que ya no tiene, como en la época anterior, connotaciones ideológicas, porque las ideologías también se han venido desactivando luego de ser los motores de impulso del cambio, sino que dicha insatisfacción tiende a mostrarse como lo que es: sentimiento de frustración que demanda realismo, efectividad, respeto y promoción de los intereses ciudadanos con miras hacia el futuro. En nuestro país, tal sentimiento tuvo una válvula de escape en las elecciones presidenciales del 3 de febrero del pasado año, y ahora hay que hacer todo lo posible, por parte de todos, para que el escape no vaya a volverse atolladero en ningún sentido. Los salvadoreños tenemos, entonces, una oportunidad de salir adelante mucho antes que otros, y eso no hay que dejarlo de lado bajo ningún pretexto ni por ningún descuido.

En esta hora de la realidad global, el autocontrol se ha vuelto la llave maestra para abrir todas las puertas hacia adelante. Y los políticos tienen el deber inexcusable de ponerse en la primera del buen ejemplo. La política es una actividad eminentemente pasional, y por ende con gran facilidad se sale de curso. Los que están al frente quieren quedar bien para ganar simpatías y apoyos a como dé lugar; y los que están en las trincheras contrarias buscan hacer todo lo factible para que lo anterior no se dé. Es una guerra sorda, y en muchos momentos abierta, que consume energías al máximo, a costa de los respectivos procesos.

Sólo el generalizado autocontrol es capaz de asegurar una práctica sana, que en definitiva es lo que más nos conviene a todos, independientemente de las ubicaciones, de las líneas de pensamiento y de los planteamientos específicos. Sería irreal imaginar que la política va a moverse por sí misma: la movemos los ciudadanos, de cara a quienes la conducen; y por ello quienes la conducen tienen que entender que su responsabilidad principal estriba en responderle sanamente al interés ciudadano, es decir, al bien común. En otras palabras, la política debe dejar de considerarse –aquí y en Europa, en Estados Unidos y en el Medio Oriente, en la China y en el Cono Sur, y en todas partes– la dueña de la verdad, para asumir su verdadero rol como gestora cotidiana del servicio público.

Tags:

  • mundialización
  • política
  • insatisfacción
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