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La política está sufriendo convulsiones en los lugares más diversos que uno pueda imaginar

En estos tiempos, todos estamos al tanto al minuto de lo que pasa en los ámbitos globales, como si estuviera sucediendo a la vuelta de la esquina.
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La política está sufriendo convulsiones en los lugares más diversos que uno pueda imaginar

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 Esta es una apertura totalmente inimaginable aun en años recientes, lo cual nos abre impensadas oportunidades de conocimiento práctico y a la vez nos mantiene en vilo ante lo que está ocurriendo por doquier. Para los que venimos de épocas en las que nada de esto era imaginable, lo que está ocurriendo parece cosa de magia; pero aquí viene al caso recordar que todo en la vida tiene sus pros y sus contras, y fenómenos depredadores, como por ejemplo el llamado ciberbullying, lo muestran a diario en todas partes. Pero lo cierto es que hoy tenemos el mundo a la mano, y eso nos permite participar cotidianamente en el dinamismo global, lo cual para un país como el nuestro es un privilegio sin precedentes.

Puestos en esa plataforma de efectividad instantánea, lo que se evidencia en los planos de la realidad política es un trastorno generalizado que tendría que hacernos meditar –a todos, independientemente de nuestra ubicación en el mapa— sobre cómo se comportan las realidades humanas, por encima de los esquemas artificiosos que magnifican el dizque desarrollo y menosprecian el dizque subdesarrollo. ¿Qué está pasando, pues, en el gran escenario político que ya no se limita a las fronteras tradicionales? Una especie de trastorno generalizado de todas las piezas en juego, como si nada de lo que hasta este momento hubiera parecido sujeto a un orden intachable quisiera mantenerse donde estuvo siempre. El revuelo hippie de los años 60 del pasado siglo se ha trasladado a la política global del segundo decenio del siglo XXI. Cosas veredes, amigo Sancho.

Si dirigimos la mirada a lo que está pasando, por ejemplo, en un pais tan ejemplarmente estable como Estados Unidos, no es posible evitar un sobresalto revelador. Esta precampaña electoral es más que representativa de dicho sobresalto inevitable. Todo indica, desapasionadamente, que ni el Partido Demócrata ni el Partido Republicano tienen cartas electorales que correspondan a este momento, aunque desde luego lo que los republicanos ofrecen parece una broma de mal gusto, dicho sea sin pasionismo parcializante sino más bien como reacción sorprendida ante lo que parece incomprensible de entrada. En un país que siempre ha sido país de inmigración el que hoy se esté levantando cada vez con más fuerza la ola antiinmigrante constituye un signo de trastorno profundo que ojalá no pase a más.

En Europa las cosas están aún más fuera de control. El problema inmigratorio tiene ya características surrealistas, sin que los grandes países, que tienen sólida experiencia histórica, den señales de saber qué hacer. Y, en otro sentido, las crisis de inestabilidad derivadas de haber gestionado irresponsablemente las respectivas realidades nacionales en muchos de aquellos países siguen cobrando fuertes facturas en el presente y de seguro también lo harán cuando menos en el inmediato futuro. Todo esto va demostrando, con elocuencia cada vez más incuestionable, que lo que verdaderamente hay en el mundo es una epidemia de inmadurez que no reconoce fronteras. Y entonces cualquiera podría preguntarse con razón: “¿De qué ha servido todo el ejercicio de evolución, en tantos sentidos tan cargado de pruebas y lecciones, si seguimos estando todos como si no hubiéramos vivido nada?”

En tales condiciones, las apuestas de futuro se van volviendo más y más aleatorias. Eso demanda, inevitablemente, un ejercicio de reconociento del terreno histórico que también debe ser global y globalizante. A estas alturas, nadie puede dar recetas, porque todos padecemos males casi semejantes. Y esa es una de las características más reveladoras de los tiempos que corren.

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