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La política nacional debe olvidarse de las gesticulaciones y de las salidas de tono para concentrarse en su rol esencial

Lo que más conviene, con independencia de las fidelidades o afinidades ideológicas que estén en juego, es tomar posesión del papel que nos corresponde a cada uno de nosotros en el devenir de nuestras vidas personales, para desde ahí incidir en la suerte del vivir colectivo.

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La política nacional debe olvidarse de las gesticulaciones y de las salidas de tono para concentrarse en su rol esencial

La política nacional debe olvidarse de las gesticulaciones y de las salidas de tono para concentrarse en su rol esencial

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Con independencia de lo que se piense sobre el desempeño del quehacer político, en términos generales y en cada situación nacional específica, lo cierto es que dicha actividad es absolutamente insoslayable como fenómeno de vida colectiva, ya que en cualquier sociedad organizada las estructuras existentes se mueven por impulsos que provienen de la política en acción. No podríamos prescindir de ella en ningún sentido ni bajo ninguna circunstancia, lo cual lleva a concluir que todos estamos inmersos en la política, queramos o no; y al ser así, todo de alguna forma y con los matices que se quiera tiene lazos con el quehacer político en concreto, según se vive en el día a día.

La aseveración anterior nos lleva a una convicción que es consecuencia insoslayable: la política está en el centro de nuestras vidas, aunque no tengamos ningún interés personal en ella, lo cual nos coloca en posición de partícipes voluntarios o involuntarios, según sea nuestro grado de conciencia asumida al respecto. Al ser así, lo que más conviene, con independencia de las fidelidades o afinidades ideológicas que estén en juego, es tomar posesión del papel que nos corresponde a cada uno de nosotros en el devenir de nuestras vidas personales, para desde ahí incidir en la suerte del vivir colectivo.

Puestos en tal perspectiva podemos afirmar en plena posesión de la experiencia verificable: todos somos responsables del quehacer político nacional, bien porque seamos actores directos del mismo o bien porque nos movamos en sus alrededores como partícipes involuntarios. Y eso nos habilita para incidir por voluntad propia en lo que hace la política o en lo que deja de hacer. El que esto escribe asume entonces su condición ciudadana de evaluador independiente de lo que pasa en el ámbito compartible de la dinámica política, para tratar de incidir aunque sea milimétricamente en el desplazamiento del fenómeno.

Y desde ahí nos nace de inmediato la pregunta: ¿Qué es lo que actualmente predomina en la política nacional? Y la respuesta no tarda nada: lo que se impone es la incomprensión atrincherada que no deja prosperar iniciativas de entendimiento razonable, que son las únicas que hacen posible que la vitalidad nacional se manifieste y que las expectativas de progreso se concreten. La siguiente pregunta cae por su peso: ¿Y por qué son así las cosas cuando hay tantas evidencias disponibles que indican que esa es la vía del error y del fracaso? Tampoco cuesta responderlo: Porque los salvadoreños nos hemos convertido en adictos a lo irracional y en reacios a la búsqueda de respuestas sustentables a nuestras interrogaciones más urgentes.

La política, que es donde más proliferan las distorsiones de la actitud y del procedimiento, está en constante crisis de identidad precisamente por ello. Se hace imperioso, pues, sanear y educar la política y devolverla a su función natural, que es proveer los instrumentos organizados para que el pluralismo social se vuelva dinámica funcional, coherente y conducente. Hay que sentar las bases de la madurez en acción y de la lucidez en perspectiva. De lo que se trata, en esencia, es de que la política deje de ser un desencuentro de sordos y un ring de practicantes de la lucha sucia, para hacer la labor que le corresponde en la forma que debe ser.

Hay que vivir la política en función de país y con vocación de destino nacional. No es lugar para las improvisaciones y las ocurrencias, como muchos parecieran creer. Ni tampoco plataforma para obtener beneficios fáciles y trofeos intrascendentes. Que la política se dé a respetar, para que los ciudadanos podamos sentirnos satisfechos y agradecidos por su desempeño. Y ahora que unas elecciones doblemente cruciales están a la vista hay que tener todo esto más presente que nunca.

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