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La política tiene gran incidencia en el desarrollo económico y por eso hay que manejarla con gran cuidado

Una política errática, improvisada o irresponsable nunca lleva a ninguna parte, y en el plano económico los riesgos derivados de tales desatinos resultan todavía mayores.

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Los dinamismos políticos y los quehaceres económicos van siempre muy entrelazados en el despliegue de la realidad de cada pueblo y de cada país. Esto por naturaleza es así, y en consecuencia ninguna artimaña de sometimiento artificioso puede desconocer el imperativo de equilibrios básicos, principalmente en estas dos expresiones tan vitales del fenómeno real. Ejemplos sobran al respecto. Para el caso, cuando la política intensivamente ideologizada en el campo de la izquierda le abrió paso al socialismo soviético, las distorsiones comenzaron a imponerse hasta que en 1989 todo aquello comenzó a disolverse por efecto a la insostenibilidad del esquema. Y es que ningún extremismo tiene capacidad de futuro.

Para buena suerte de los salvadoreños y de su proceso nacional, en el país si bien venimos de una experiencia histórica de beligerante extremismo y de gran conflictividad, en la posguerra se ha logrado sostener el equilibrio político estructural sin que los resabios polarizantes hayan logrado desactivarlo; sin embargo, el ejercicio democrático aún está en fase de construcción, lo cual provoca muchos desajustes y continuos desencuentros en el avance, que complican las cosas sin ningún sentido ni justificación, como se reconoce cada vez más tanto nacional como internacionalmente.

Hace algunos días, una misión del Fondo Monetario Internacional (FMI) que visitó el país para calibrar nuestras condiciones en áreas económicas y financieras específicas señaló que los inversionistas extranjeros están inquietos por la dificultad de entendimientos básicos entre el Órgano Ejecutivo y el Órgano Legislativo; y esto, que es una situación reiterada, viene complicando muchas temáticas específicas, como son los casos del sistema de pensiones y del endeudamiento público descontrolado. De lo que se trata, en verdad, es de crear posibilidades sustentadas de salir de esta dinámica de choque para entrar decididamente a un compromiso de hallar puntos en común que permitan arribar a los acuerdos pertinentes en cada caso; y esto no es ninguna novedad, sino lo natural siempre dentro de la práctica democrática.

Una política errática, improvisada o irresponsable nunca lleva a ninguna parte, y en el plano económico los riesgos derivados de tales desatinos resultan todavía mayores. Las constataciones de ello las tenemos a la mano en cualquier ambiente, y por supuesto también en el nuestro. La presión ciudadana tendría que hacer lo suyo para inducir a todas las fuerzas nacionales a que dejen de lado los conflictos estériles y se dediquen a forjar entendimientos de nación, para así poder llevar adelante los proyectos de desarrollo que el país requiere para asegurar su progreso y promover su estabilidad.

Lo que la realidad evolutiva está demandando con creciente urgencia es que se dé un empalme de propósitos y una suma de iniciativas entre el sector político y el sector económico para así poder garantizar que los distintos dinamismos nacionales se integren en la línea de la modernización productiva y del despliegue creciente de oportunidades para todos. Ese es, sin duda, un desafío que compromete a los salvadoreños en su totalidad, sin distingos posibles.

Por todo lo anterior apelamos constantemente al desempeño racional de las distintas fuerzas nacionales, comenzando desde luego por las fuerzas políticas. Lo que no es factible ni sostenible es continuar en la dispersión de enfoques, de perspectivas y de tratamientos, porque en definitiva la problemática nacional es un todo, desde cualquier ángulo que se mire. Este es un argumento irrebatible en pro de la visión integrada de país.

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  • equilibrios
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