La política ya no se puede seguir viviendo como en tiempos de Maricastaña

Así se decía antes para hacer referencia a cosas propias del pasado; y, en lo que toca a la política práctica, es evidente que casi todo lo que en otros tiempos tenía vigencia ya no la tiene, aunque queden muchos que se resisten a reconocer este hecho de la vida.
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La política ya no se puede seguir viviendo como en tiempos de Maricastaña

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<p>Al respecto, es indispensable recordar de dónde venimos, para entender dónde estamos y cómo y por qué estamos aquí. Nuestro proceso político siempre se resistió a seguir el paso del tiempo. Lo que prosperó sin reservas en el ambiente fue la obsesiva voluntad de inmovilizar la vida política en función de los intereses estáticos del poder. Esta constante nos impidió, por ejemplo, asumir en algún momento del siglo XIX la opción democratizadora. Nos empantanamos en un caudillismo sin futuro, contaminando el futuro de manera casi paralizante.</p><p>Esto generó una serie de formas mentales y procedimentales que arraigaron muy profundamente en estilo de hacer política. Para empezar, se generó un presidencialismo marcado por la intocabilidad. Esto no era una inocente condición ceremonial, sino que tenía motivaciones notorias de proteccionismo del poder. Las ramificaciones de esta actitud llegan hasta nuestros días, como resabios persistentes. Lo vemos, por ejemplo, en la forma en que se toman las decisiones para configurar organismos tan vitales para el desarrollo de una democracia verdaderamente funcional como la Corte de Cuentas de la República y como la Fiscalía General de la República. En lo que corresponde a esta última, estamos viendo ahora mismo los movimientos autoprotectores que insisten en hacerse prevalecer.</p><p>Las formas viciosas e impunes del ejercicio del poder fueron tradicionalmente la norma de vida de nuestro sistema político. Demos un ejemplo que linda con lo inverosímil, pero que durante su larga vigencia llegó a considerarse natural: el hecho de considerar que la llegada a la Presidencia de la República de un civil era algo así como un atentado subversivo contra la estabilidad básica de la nación. Salvo algunas excepciones más de detalle que de fondo, eso prevaleció hasta los años 80 del pasado siglo, al inicio de la democratización. Recuerdo, al respecto, que Mario Vargas Llosa, que vino al país en 1984 a hacer un reportaje sobre aquel proceso electoral, me preguntó sobre cuál era a mi ver lo nuevo del mismo; y le respondí: “Que por primera vez, en lo que tengo memoria, no sé de antemano quién va a ganar la elección”. Así lo citó en su artículo.</p><p>Transcurridos 30 años, y con una guerra y una solución política de por medio, la posguerra viene dejando obra concluida e inconclusa en el ambiente. Y, entre todo lo que se puede observar y constatar dentro de dicha evolución, lo que podemos destacar como característica ya incuestionable es que la democracia continúa viva y está cada vez más alerta respecto de su propio proceso. Es la función ciudadana —que en las etapas anteriores no pasaba de ser una presencia fantasmal— la que se hace sentir con creciente preeminencia. Lo acabamos de ver en el incidente que enfrentó a la Asamblea Legislativa con la Sala de lo Constitucional. Esto representa una especie de seguro progresivo contra la impunidad política, lo cual constituye un avance muy estimulante en el desenvolvimiento del proceso democratizador.</p><p>A estas alturas, la política nacional está requiriendo un reciclaje de amplio espectro. Y no es que, a lo largo de estos dos decenios, no se produjeran importantes ajustes de recorrido: es que lo que ahora se requiere es un redireccionamiento verdaderamente consensuado. Para empezar, es indispensable contar con un marco normativo que comprenda de manera suficiente y efectiva todas las tareas y acciones que les corresponden a los partidos políticos en su desempeño. Es la ya famosa ley de partidos políticos, famosa por ausente. </p><p>Y el problema respecto de la misma está en que la tienen que acordar los mismos que serán regulados, y que se hallan muy cómodos en la falta de regulación. Por eso mismo, le corresponde a la ciudadanía organizada y no organizada planificar su estrategia de presión para que haya ley y no sea simulacro. </p><p>También hay que cambiar las actitudes de los políticos. Como decía Winston Churchill, “las actitudes son más importantes que las aptitudes”. Y eso se puede constatar de manera fehaciente en el diario quehacer, de la política y de la vida. </p><p>En nuestro país tenemos verdadera urgencia de cambio de las actitudes políticas. Ese es el cambio que básicamente necesitamos, porque a partir de él vendría por añadidura la cosecha de los otros cambios. Una actitud de servicio, en vez de la prevaleciente actitud de autoservicio. Una actitud de tolerancia, en vez de la beligerante actitud de choque. Una actitud de análisis, en vez de la sofocada actitud de improvisación. Una actitud de respeto, en vez de la incivil actitud de atropello. Y así podríamos seguir. Que se nos vaya educando el carácter, en todos los ámbitos y niveles, para poder responder como se debe a los imperiosos apremios de esta realidad.&nbsp;</p><p>&nbsp;</p>

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