La prioridad son los pobres

Los niveles de vida de los pobres en El Salvador son desgarradoramente amargos; si queremos asomarnos a su dura realidad, los tenemos por todos lados, desde los tugurios de la gran ciudad a la miseria y al abandono de la pobreza rural.
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Ciertamente hay varios grados de pobreza y los recursos para hacerle frente a disminuirla son limitados, entonces se establece con una lógica aplastante que no admite discusión, que los recursos del Estado, si van a usarse en ayuda directa, en subsidios, deben focalizarse exclusivamente en los extremadamente pobres, en los que viven con menos de $1 diario y tienen carencias elementales: agua potable, letrinas, acceso a la educación, mala conectividad, difícil acceso a la salud, desnutrición y falta de oportunidades de trabajo.

La solidaridad es un mandato de Dios y una obligación moral para los hombres, sin importar su condición social ni económica. El apoyo a los pobres se puede concretar en acciones del Estado que se facilitan con menos exigencias que las de los sectores privilegiados, que solicitan subsidios y no los merecen, con la conciencia colectiva de que es prioritario para la sociedad. Esto facilitaría a quienes gobiernan y tienen en sus manos diseñar y ejecutar políticas efectivas para mejorar la pobreza que no se pierdan, como pasa la mayoría del tiempo; que no se equivoquen otorgando los subsidios a quienes no los necesitan; que no cedan a la presión que ponen todos los grupos que gritan o van a la calle; que no los muevan como ahora, porque les importa más su imagen y popularidad que hacer bien su trabajo, que ser efectivos en aliviar la pobreza, que más bien reparten recursos para ganar poder, la marca de los populistas, de los que llegan perdidos a su puesto, de los incapaces, de los moralmente equivocados.

Los subsidios, para ser eficaces y eficientes, deben ser focalizados, transparentes, con rendición de cuentas claras y sin clientelismo electoral, a los más pobres, de preferencia en forma de transferencias monetarias directas, que adicionalmente a aliviar, posibilitan que adquieran lo necesario sin distorsionar los precios en el mercado. Llegar con solvencia a esa etapa requiere de una burocracia más amplia y eficiente en cualquier Estado. Falta mucho por superar en nuestra institucionalidad deficiente, politizada, con poca claridad de su misión y muchas veces ocupando puestos públicos no por capacidad ni mística, sino por razones oscuras como afiliación partidaria, nepotismo, ser familiares o emocionalmente ligados al funcionario o al partido que le dicta líneas.

Es obligación de la sociedad exigir a los partidos políticos que superemos esa etapa, que en esta campaña y en la siguiente expongan cómo resolverán esta situación, cómo se reinventarán a sí mismos, cómo harán gobierno de forma diferente, cómo abandonarán sus viciadas prácticas del botín partidario y personal, cómo propondrán en gabinete, diputados y alcaldes a gente decente, con deseos de servir y no de servirse, con mística para trabajar por los pobres, para hacer bien su trabajo con devoción y humildad, más como papa Francisco que como tanto líder populista arrogante latinoamericano. Personas sin la debilidad humana que dobla a tanto funcionario, que al sentarse al otro lado de su escritorio se convierten en sabios.

Ya hemos conocido a los que están en campaña por sus ejecutorias, que es como debemos juzgarlos, no por su verba, dinero para comprar publicidad masivamente, plumas y gargantas. El pasado y el presente están frescos y visibles; el populismo, la corrupción, el nepotismo y la incapacidad mostrada deben ser la guía.

Hoy hablamos de solidaridad, que solamente ayuda a aliviar la pobreza, no la reduce, que debe servir para dar a los pobres la fuerza para salir del agujero e idealmente pasar a la siguiente etapa del escape de la pobreza, educación, acceso al conocimiento, salud y oportunidades de empleo.

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