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La problemática financiera no se resuelve con medidas de ocasión

Los Ejecutivos sucesivos vienen ingeniándoselas para estirar un poco la colcha y dar así una relativa sensación de abrigo financiero, cuando al sistema siempre le quedan los pies de fuera.
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Son notorias las dificultades que está enfrentando la gestión gubernamental para dar cumplimiento a sus diferentes compromisos financieros, muchos de ellos de gasto corriente. Salen a la luz constantemente los retrasos en pagos de la más diversa índole, y que están contemplados en el Presupuesto que se aprueba cada año, como alquileres, proveedores, subsidios, entre muchos otros. Es decir que hemos pasado ya de la situación de “coyol quebrado, coyol comido”, para entrar en un ámbito donde lo que se recibe no alcanza para seguir a flote, con lo cual estamos en un verdadero ahogo constante, aunque no se quiera reconocer como tal.

La discusión política sobre si se puede y se debe ir sacando de los 400 millones de dólares, que forman parte de los 800 aprobados en diciembre, para cubrir ahora obligaciones que no son deuda, es sólo una muestra del estado en que están las cosas en esta compleja temática. El punto clave, sin embargo, no es la definición sobre un caso concreto, de los cuales hay muchos en el ambiente, sino la evidencia que queda en el sentido de que nos estamos moviendo hacia la insostenibilidad fiscal, con todas las consecuencias que eso inevitablemente trae consigo. El punto decisivo es cómo revertir dicha tendencia.

Decimos en el título de este Editorial que una problemática como ésta no puede ser enfrentada con medidas de ocasión, que es lo que se ha venido haciendo desde hace ya bastante tiempo. Los Ejecutivos sucesivos vienen ingeniándoselas para estirar un poco la colcha y dar así una relativa sensación de abrigo financiero, cuando al sistema siempre le quedan los pies de fuera. Y es que vivimos ya consuetudinariamente más allá de nuestras posibilidades reales, y eso sólo puede conducir a más desorden y a más inseguridad. Se tiene un pacto de sostenibilidad fiscal que aún no muestra señales de vida. Lo que se necesita es entrar de veras en la ruta de la disciplina.

Si las cosas, en este campo, han venido de mal en peor, es posible imaginarse las dificultades que le esperan a la próxima gestión gubernamental, de 2014 en adelante, con las arcas menguadas y las capacidades de endeudamiento disminuidas. Y, además, si hoy las dificultades de entendimiento partidario para la mayoría calificada en la Asamblea son tan agudas, lo que espera al respecto en los años que vienen se prevé aún más complicado. De no emprenderse, cuanto antes, una auténtica planificación responsable y completa en este campo tan espinoso, los nubarrones se irán convirtiendo en tormentas.

Como están las cosas, no hay más remedio que apretarse el cinturón, ante el riesgo cierto de que el país vaya en camino de quedarse desnudo a la intemperie. Paradójicamente, y quizás como un efecto de negación casi infantil, los gastos superfluos o arbitrarios han seguido proliferando, hasta los límites de la más irresponsable frivolidad. Por ahí debería comenzar la práctica de austeridad que se reclama cada vez más desde los sectores más conscientes sobre la situación que vivimos. Una austeridad que ya no se invoca sólo como expresión de conducta responsable, sino como necesidad impuesta por las circunstancias.

Reiteramos el criterio de que es más oportuno emprender el esfuerzo que conduzca hacia la concreción de un pacto fiscal, que contemple todos los componentes y aspecto de la cuestión, y que sea, desde luego, de largo alcance. Sólo así habrá estabilidad y certidumbre.

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