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La progresiva pérdida de valores es el caldo de cultivo de todos los males (1)

No hay que olvidar en ningún momento que es en el seno familiar donde se incuban y germinan los sentimientos y los pensamientos elementales de cualquier ser humano, independientemente de la condición social y de las capacidades materiales con que se cuente...
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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La sociedad salvadoreña viene padeciendo desajustes estructurales de larga data, que desafortunadamente no han sido detectados y corregidos a tiempo, y que al acumularse han hecho que el país vaya pareciéndose cada vez más a un laberinto sin salidas accesibles. En tales condiciones, lo que más se propicia es el deterioro de la convivencia, que puede llegar a límites extremos, como ocurrió con la guerra interna, que siempre constituye de seguro la forma extrema de la agresividad fratricida. En nuestro caso, eso vino de la mano con la falta cada vez más notoria de una cultura democrática que sirviera como factor estabilizante de efecto permanente. El deterioro aludido hizo que quedáramos a merced de lo imprevisible.

Lo más grave para los salvadoreños ha sido que la evolución normal se nos fue volviendo una especie de juego de azar, cuyas consecuencias fueron desactivando los mecanismos de pertenencia y los asideros comunitarios. Y así, componentes vitales como la integridad familiar y la formación educativa vienen estando cada más expuestos al deslave creciente. En tal sentido la condición mental, moral y espiritual de nuestra sociedad se halla en crisis ya inocultable, de la cual se alimentan prácticamente todos los trastornos que nos aquejan.

En lo referente a la integridad familiar, ese deslave que acabamos de mencionar genera derivaciones erosivas del más alto riesgo, porque si algo tiene carácter básico desde el punto de vista personal y en perspectiva social es el hecho de que la familia se conserve sana y estable en sus funciones propias. No hay que olvidar en ningún momento que es en el seno familiar donde se incuban y germinan los sentimientos y los pensamientos elementales de cualquier ser humano, independientemente de la condición social y de las capacidades materiales con que se cuente, y es ahí donde el cultivo de los valores se hace valer en primera instancia. Las familias funcionales y las familias disfuncionales están en todos los niveles socioeconómicos y culturales. Si la familia cumple con su rol, el ambiente prospera en todo sentido; si no lo hace, hay brotes traumáticos a cada paso.

La educación es un factor también decisivo para que la sociedad pueda realizar su misión integradora en clave de prosperidad. Si falla en eso, todo queda en el aire, expuesto a cuantas contingencias puedan ser imaginadas. El rol de la educación no sólo es proveer conocimientos puestos al día, sino también, y de manera decisiva, consolidar la formación del carácter. Es por ello que la tarea del maestro va mucho más allá del recorrido de textos y de la exposición puramente científica y técnica: consiste, en su nivel esencial, en educar la conducta para que pueda convertirse en instrumental de vida plena; y esto debe ser practicado siempre en todo el esquema, desde los centros de calidad más elevada hasta las escuelas de los rincones más remotos. Al fin de cuentas, el alma y la mente son básicamente las mismas en todas partes.

Las realidades imperantes en nuestro ambiente durante las tres épocas que se han sucedido en las casi cinco décadas recorridas desde los años 70 del pasado siglo hasta el presente –es decir, la preguerra, la guerra y la posguerra– han sido una experiencia tóxica en el plano de los valores. Y cuando ocurre algo así, y por tanto tiempo, todo el organismo nacional sufre las consecuencias: las coyunturas sociales tienden a desintegrarse, el sistema circulatorio nacional padece embolias recurrentes, las conexiones nerviosas entran en pánico, el razonamiento normal se va volviendo un descontrolado juego de azar, y así por el estilo. Los valores, que sirven como ordenadores fundamentales de la conducta, se van marchitando cada vez con menos posibilidades de cumplir a cabalidad con su función; y, tal como vemos, sentimos y padecemos en nuestro país, la necesidad de revivir la salud trascendental de los valores debe ser compromiso insoslayable de todos.

Hay que divulgar en todas las formas y con todos los argumentos posibles una consideración que es vital en esta temática: cultivar y practicar valores no debe ser visto como una imposición forzada, sino como lo que es: una perspectiva de vida plena.

Lo que se requiere, entonces, es configurar y desplegar en los distintos ámbitos sociales, económicos y políticos una cultura del proceder fundado en valores, para así ordenar constructivamente la propia existencia en pro de una convivencia en verdad pacífica.

En la siguiente columna haremos un ejercicio de reflexión sintética sobre algunos de los valores que nunca pueden faltar dentro de la dinámica evolutiva de los seres humanos y de las organizaciones que forman, incluyendo en primer lugar a la sociedad misma.

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