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La progresiva pérdida de valores es el caldo de cultivo de todos los males (y 2)

La tolerancia, entonces, es la regla de oro para asegurar la paz y sustentar el progreso. 
 
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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No se trata de aceptar lo indebido, sino de administrar las diferencias naturales y normales.

Cuando hablamos de los valores humanos hacemos referencia a aquellas pautas de conducta que nos identifican como seres que entienden su verdadera misión tanto personal como social, en función de una vida positivamente realizable y compartible. En tal sentido, los valores arraigan en la conciencia y se despliegan hacia el exterior, como plantas que florecen y fructifican para bien. Todo esto constituye un ejercicio de humanización progresiva, que hay que propiciar constantemente tanto en el hacer individual como en el quehacer colectivo. Hay, desde luego, como en todo, una jerarquización ordenadora, y por eso conviene poner énfasis en aquellos valores que son indispensables para el propósito que se busca. En esta oportunidad, vamos a visualizar brevemente la función de ciertos valores esenciales en el plano de la convivencia.

EL RESPETO: los seres humanos vivimos inevitablemente en comunidad, sea cual fuere la forma de ésta. Robinson Crusoe es un personaje imaginario. Por consiguiente tenemos que aprender a convivir, y eso implica, en primer lugar, reconocer algunas cosas esenciales: que el otro existe, que ese otro tiene mis mismos derechos y mis mismos deberes básicos, y que todos hacemos el destino de nuestra comunidad nacional, nos demos cuenta o no. El respeto mutuo es, pues, la sustancia anímica unificadora. Sin respeto no hay cohesión, y sin cohesión no hay unidad. La sana supervivencia social está íntimamente determinada por el comportamiento respetuoso.

LA TOLERANCIA: Ninguna persona es igual a otra en sus pensamientos, en sus sentimientos, en sus percepciones, en sus actitudes, en sus procederes... “Cada cabeza es un mundo”, dice la sabiduría popular, que casi nunca falla. Y si cada cabeza es un mundo, vivimos en una galaxia infinita. La tolerancia, entonces, es la regla de oro para asegurar la paz y sustentar el progreso. No se trata de aceptar lo indebido, sino de administrar las diferencias naturales y normales. La práctica del modo tolerante se convierte así en una escuela de liberación personal, porque el que tolera invita a ser tolerado. Cuando uno no trata de imponerse, las potencias propias se hacen valer.

LA RESPONSABILIDAD: El dinamismo social, del cual todos formamos parte, implica derechos y deberes, y por ende oportunidades y desafíos. Asumirnos, cada uno de nosotros, como factores de viabilidad interactiva es la mejor forma de activar la responsabilidad individual y colectiva que nos corresponde. En cualquier sociedad, por más diferencias que existan, todos, absolutamente todos, somos partícipes del destino común. Y esta no es una ilusión lírica, como alguien pudiera aseverar dado que quien lo dice es un poeta; por el contrario, la responsabilidad es lo más prosaico que existe, en la más noble dimensión de dicho término.

LA SOLIDARIDAD: ¿Qué somos los seres humanos sino piezas conscientes de un rompecabezas trascendental? Piezas conscientes y por ende siempre necesitadas de auxilios complementarios, con absoluta independencia del poder material o espiritual que creamos tener. La solidaridad, entonces, es una necesidad que a todos nos atañe. Solidaridad es compañía definidora de destino. Solidaridad es esfuerzo compartido desde las profundidades de nuestra propia naturaleza. Solidaridad es emoción vital que se autorrefuerza con su propia práctica. Y en tal sentido, la solidaridad no debe ser como una virtud excepcional sino como una realización cotidiana.

LA HONRADEZ: este es un imperativo de vida cabal y plena. El ser honrado significa aceptar el predominio de los principios morales y de los mandatos legales en el vivir de cada quien. Si por algo la corrupción ha tomado tanto protagonismo en el quehacer nacional y global es porque la honradez ha venido pasando a segundo plano, cada vez con un raquitismo mayor. Hay aquí, por consecuencia, un reto de restauración insoslayable en la vía del mejoramiento real de nuestro sistema de vida nacional en todas sus expresiones y niveles. La honradez es un depurativo insustituible y un reconstituyente inmejorable.

En El Salvador se tendría que emprender una verdadera cruzada para el rescate y la potenciación de los valores. Aquí hemos dado sólo una pequeña muestra de lo que toca restaurar para que el país sea capaz de emprender su labor habilitante más urgente, que consiste en lograr que los salvadoreños podamos sentirnos seguros y gratificados con nuestra pertenencia. Los valores son nutrición existencial de primer nivel, y sin ellos todos los terrenos humanos se desertifican progresivamente, como podemos constatar en el páramo que nos toca sobrellevar en lo cotidiano. Al ser así, la tarea de reanimación imperiosa no admite alternativas.
 

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