La protección de la vida tiene que estar siempre en la primera línea de los compromisos y de los procederes individuales y colectivos

De lo que se trata en verdad, en lo que al ser humano se refiere, es de salvaguardar su existencia desde el vientre materno hasta el último suspiro, haciendo todo lo indispensable para que tal derecho esencial esté blindado frente a todos los intentos de vulnerarlo.
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Vivimos en todas partes una era en que las amenazas y los atropellos contra la vida se han vuelto el venenoso pan de cada día, como si la civilización estuviera chocando consigo misma en las formas más destructivas que es dable imaginar. Si bien es cierto que los avances científicos producen efectos positivos en lo tocante a la salud y a la supervivencia, que en otras etapas del desenvolvimiento humano se hubieran considerado casi milagrosos, en contraste los peligros actuales son algo así como una plaga que atenta directamente contra los derechos y los valores esenciales de la vida en todas sus manifestaciones.

En nuestro país, tal situación adquiere proporciones espeluznantes, particularmente por el accionar desbordado de la criminalidad homicida; pero también se producen señales que alientan a continuar en el empeño de proteger a los seres humanos y a los seres de otras especies en su integridad fundamental. Para el caso, acaba de ser aprobada en la Asamblea Legislativa, con el apoyo de todos los grupos parlamentarios, la ley que prohíbe la minería metálica en sus diversas formas y métodos, con el explícito propósito de preservar la funcionalidad saludable del medio ambiente para mantener protegidas todas las expresiones de vida. Llegar a este punto requirió un largo proceso que por fortuna concluyó con el voto de las distintas fuerzas políticas, lo cual le da a la decisión una solidez muy representativa, que además grafica de nuevo aquello de que “cuando se quiere, se puede”, que es lo que se necesita activar en tantas otras cuestiones importantes por resolver.

De lo que se trata en verdad, en lo que al ser humano se refiere, es de salvaguardar su existencia desde el vientre materno hasta el último suspiro, haciendo todo lo indispensable para que tal derecho esencial esté blindado frente a todos los intentos de vulnerarlo. En ese sentido, y teniendo en cuenta la realidad depredadora que impera en los distintos espacios ciudadanos, es deber compartido de la sociedad y de la institucionalidad el decidirse sin vacilaciones a proteger la vida en el terreno, poniéndoles paro a cuantas prácticas destructivas quieran seguir haciendo de las suyas sin detenerse ante nada.

La protección de la vida está umbilicalmente ligada a muchas otras tareas protectoras que tienen que ver, por ejemplo, con la cultura de convivencia, con la preservación de la integridad ambiental y con el manejo responsable de los recursos. Hay que tener muy claro, en todo momento, que nada se puede dejar a la buena de Dios, y mucho menos aquello que esté ligado a la seguridad existencial del ser humano, ámbito en el cual se vienen dando retrocesos verdaderamente inquietantes y alarmantes.

El ser humano necesita atención y seguridad desde el mismo instante en que es concebido, y eso debe convertirse en una norma de pleno y efectivo acatamiento, para que la humanización del progreso se haga factible. En dicha humanización hay que poner un énfasis que no pase inadvertido para nadie, independientemente de las diferencias que pueda haber en otros temas o percepciones, ya que la vida es un don y un destino que nos pertenece a todos sin exclusiones ni reservas de ninguna índole.
 

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  • vida
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  • embarazo
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