La protección de los recursos naturales es una tarea vital para la buena marcha del país en todos los órdenes, en función del pleno bienestar humano

En nuestro país, la vulnerabilidad ambiental es gravísima, como lo tenemos experimentado desde siempre. Y es que hasta la fecha se ha actuado al respecto como si las cosas se pudieran dejar estar impunemente, sin importar que haya mandatos legales que obligan a tomar conciencia y acción en este campo.
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En los tiempos más recientes, se han venido viendo trastornos ambientales y climáticos que ponen en alto riesgo la normalidad de la vida en el planeta, en referencia a todas las expresiones de la misma. Fenómenos como el llamado efecto invernadero están generando estragos de proporciones imprevisibles; y aunque muchos señalan que buena parte de esto es efecto de los ciclos naturales, no cabe duda de que el manejo irresponsable que surge de prácticas productivas fuera de control es un factor que trae consigo consecuencias que fácilmente llegan a ser catastróficas. Pese a que los cambios en este campo nunca han dejado de producirse, los que se dan en la presente coyuntura histórica son realmente alarmantes, e implican enormes amenazas para lo inmediato.

En nuestro país, la vulnerabilidad ambiental es gravísima, como lo tenemos experimentado desde siempre. Y es que hasta la fecha se ha actuado al respecto como si las cosas se pudieran dejar estar impunemente, sin importar que haya mandatos legales que obligan a tomar conciencia y acción en este campo. El más directo de tales mandatos está plasmado en el artículo 117 de la Constitución de la República: “Es deber del Estado proteger los recursos naturales, así como la diversidad e integridad del medio ambiente, para garantizar el desarrollo sostenible./ Se declara de interés social la protección, conservación, aprovechamiento racional, restauración y sustitución de los recursos naturales, en los términos que establezca la Ley./ Se prohíbe la introducción al territorio nacional de residuos nucleares y desechos tóxicos”.

Por desafortunada tradición, en El Salvador ha faltado una cultura ambiental aun en sus niveles más básicos. Aquí se ha actuado siempre como si los recursos naturales de toda índole se reprodujeran espontáneamente por su sola cuenta sin importar los atentados que se activen contra ellos; y producto nefasto de tal actitud es el hecho de que haya un deterioro tan dramático de recursos elementales como el aire, el agua y la tierra, hasta el punto que ahora vivimos inmersos en la contaminación y en la inseguridad más incontrolables. Nuestros ríos y vertientes se han ido convirtiendo en cloacas; el aire que respiramos es un vivero de miasmas; la tierra cultivable es cada vez menos propicia para una buena productividad; y de seguir así el ambiente se hará invivible sin alternativas. Es hora de reaccionar correctivamente para recuperar lo perdido hasta donde sea posible e impedir que los estragos continúen manifestándose.

No bastan las medidas que brotan cuando alguna emergencia se activa: hay que mover voluntades e iniciativas para poner en marcha una auténtica cultura ambiental, que se manifieste en educación, en creatividad, en respeto y en responsabilidad. Tenemos que llegar a un punto en que la seguridad ambiental se afiance en pilares institucionales y sociales suficientes y permanentes. Y dicha cultura necesita motivaciones constantes, estrategias bien definidas y estímulos que muevan hacia lo constructivo. La ciudadanía consciente tiene que jugar un papel preponderante al respecto, como se vio con el movimiento que llevó a la prohibición legal de la minería metálica, que era una amenaza siempre pendiente.

Tanto la educación formal como la educación social tienen un rol decisivo en esta lucha; pero los mensajes motores tendrían que surgir de la institucionalidad debidamente comprometida no con iniciativas interesadas sino con proyecciones de carácter efectivamente nacional.
 

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