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La raya

A este gobierno pues tampoco le interesa detener la depredación de un territorio que apenas conserva el 2 por ciento de su bosque original 

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Cristian Villata - Gerente editorial de Grupo LPG

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En medio de la más reciente diatriba rabiosa del presidente, la periodista Julia Gavarrete, del digital Gato Encerrado, alcanzó a conseguir una declaración. 

La reportera preguntó al mandatario si El Salvador suscribirá el Acuerdo de Escazú, el compromiso ambiental más amplio en la historia de la región. Bukele respondió que su gobierno no está de acuerdo con ciertos detalles del texto. “No podemos dejar de construir viviendas“, dijo, curiosamente. 

En el Acuerdo Regional sobre el Acceso a la Información, la Participación Pública y el Acceso a la Justicia en Asuntos Ambientales en América Latina y el Caribe, no hay una sola alusión al tema urbanístico. Pero tomado por sorpresa, en un asunto que no se imaginó que figurara en la agenda de los reporteros presentes en su stand up comedy, redujo el sensible reto del empoderamiento ciudadano y la democratización de la gestión ambiental a un dejar hacer a las compañías constructoras. 

La simplificación de la situación, el silencio en que la administración logró mantener el tema de Escazú y su reticencia a incomodar a los patrones del crecimiento urbano en el país no debe sorprendernos. Ninguno de los gobiernos que hemos padecido en nuestra democracia se ha pronunciado abiertamente a favor de la preservación del medio ambiente, ninguno se atrevió a darle verdaderos dientes a la legislación en esta materia o en proporcionar mejores instrumentos y recursos a la cartera respectiva. 

Bukele sólo ha profundizado esa noción, convirtiéndola en convicción: no hacer nada, decir menos, reducir al Estado a mero testigo de la depredación. 

El mismo funcionario que se dejó ver consolando (en otra noche a los gritos) a los vecinos de la quebrada El Arenal le redujo casi $4 millones de dólares del presupuesto al Ministerio de Medio Ambiente el año pasado; en el caso de la unidad que otorga los permisos para la construcción, la contracción fue con saña, superior al 50 por ciento. 

No bastándole con eso, hace dos meses, al reorientar fondos para encarar la pandemia, le quitó otro millón al MARN, la mitad de eso dineros para la prevención y reducción de riesgos y gestión de áreas naturales protegidas y la vida silvestre. Por eso el presidente antisistema, el Libertador milenial que promete ponerle fin a la vieja partidocracia, a las facciones económicas que se han valido del poder y ahora a los desestabilizadores que pueblan desde el Legislativo hasta Comures, pasando por el Judicial y cualquier otro reducto opositor que se le parezca, no ha dicho ni pío sobre lo que ocurre en la Cordillera del Bálsamo, Juayúa, Tacuzcalco, Nejapa...

Es más cómodo hablar de la desigualdad social endilgándosela a los ciertamente infames gobiernos areneros de la teoría del rebalse que cuestionar que El Espino haya sido destruido con fines netamente mercantiles, la construcción y venta de casas unifamiliares grandes y exclusivas y apartamentos que casi ningún salvadoreño puede costearse. 

A este gobierno pues tampoco le interesa detener la depredación de un territorio que apenas conserva el 2 por ciento de su bosque original. A este gobierno no se le antoja que los ciudadanos accedan a la información pública sobre medio ambiente pero prometió vetar cualquier Ley General del Agua “si no es debatida.” Y este gobierno jura que le preocupa que el agua siga siendo un bien público pero no brindó ni un detalle sobre los motivos de la salida de Frederick Benítez, el hombre que nunca estuvo. 

Es lo que ocurre cuando llenas tu ideario político de eslóganes de almanaque: te contradices a la primera. 
Al terminar la jornada, de puertas para adentro, cuando el ejército de reporteros (no los prepago sino los que ahora son abiertamente sus empleados) ya le dio off a la máquina de propaganda, Bukele juega con los mismos juguetes que sus antecesores, si acaso más libre que ellos porque no tiene un programa de gobierno. Tiene el comedor lleno con los señores de la tierra, los lobbistas que cobran favores y los militares. Y aunque debe sonreir socarronamente diciéndose a sí mismo que los tiene a raya... ¿quién dibuja la raya?

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