La razón de la tormenta

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Rubén I. Zamora

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No hay duda de que la semana pasada el sistema político salvadoreño fue objeto de una amenaza estremecedora para la democracia; felizmente, ha amainado aunque no ha terminado. No es la hora de acusaciones, dejémoslas a la historia inmediata, y para ello empecemos aclarar lo que motivó lo que sucedió ese fin de semana.

La maniobra del Órgano Ejecutivo de subordinar políticamente al Órgano legislativo se inicia antes de la toma de posesión, cuando el candidato Bukele y su improvisado compañero de fórmula lanzaron la tesis de reformar la Constitución; y en los últimos meses han insistido con más fuerza; sin embargo, hablan de reformarla pero no explicitan los contenidos de su reforma y esto induce a sospechar que detrás del discurso reformista hay un designio de sustituir el principio de alternabilidad en la Presidencia con permitir la reelección. El obstáculo a esta pretensión está en la Constitución pues es necesario que dos Asambleas consecutivas la aprueben, es decir, si la presente Asamblea no la aprueba ya no habría reelección para el actual gobernante.

En consecuencia para el presidente Bukele es indispensable lograr o el pleno sometimiento de la actual Legislatura o destruirla apelando a su crisis de legitimidad y usando el art. 87 Cn.: la insurrección popular.

Esto explica la actitud sistemáticamente agresiva y adversaria por parte del presidente Bukele contra la actual Asamblea.

El intento de golpe de Estado del fin de semana pasada se enmarca en este planteo: se inició con un decreto del Consejo de Ministros ordenándole a la Asamblea Legislativa convocar a los diputados a sesión extraordinaria para el domingo a las 3:00 p. m.; si los diputados obedecían este mandato, a todas luces inconstitucional y festinado, el presidente Bukele demostraría al pueblo su supremacía sobre el Órgano Legislativo y presentaría a los diputados como sus dóciles subordinados. Pero, si no lo hacían tenía un plan B que consistía en acabar de una vez por todas con esta Asamblea Legislativa mediante la invocación del derecho de insurrección del pueblo y cuyo resultado sería una nueva elección de diputados en la que esperaba obtener la mayoría de los curules e impulsar así su "reforma Constitucional".

El plan A fracasó desde antes de ponerse en práctica, pues el rechazo de la mayoría de los diputados a la inconstitucional y festinada exigencia del Consejo de Ministros ponía claro que no habría "Plenaria Extraordinaria" el domingo.

No le quedaba más camino que convocar pueblo frente a la Asamblea y tomársela; organizó una amplia logística de transporte a nivel nacional así como de empleados públicos, bajo advertencia que si no concurrían serían despedidos para asegurarse no menos de 50,000 manifestantes; con su pretendido "90 %" de respaldo estaba seguro del masivo apoyo del pueblo. El presidente abrió la jornada golpista del domingo con un fogoso discurso instando a los presentes a insurreccionarse y tomar la Asamblea Legislativa; luego pasó al recinto legislativo, se sentó en la curul del presidente de la Asamblea, exclamó "ahora está claro quién manda" y acto seguido pretendió abrir la sesión sonando el tradicional gong.

Sin embargo, la realidad era muy diferente, frente a sí solo tenía por un lado a un minúsculo puñado de diputados, menos de la tercera parte del cuerpo legislativo y rodeando el salón un número mayor de soldados armados; y fuera de la Asamblea brillaban por su ausencia los miles y miles de ciudadanos que él esperaba, y se reducían a unos escasos miles.

Lo que vino después solo puede calificarse de sainete: El presidente Bukele empezó a orar preguntándole a Dios qué debería hacer y el Altísimo le contestó: "Paciencia", lo cual no deja de ser paradójico, pues minutos antes de preguntarle a Dios tenía claro el camino a seguir: la insurrección y lo había pronunciado con gran ardor ante el pueblo. ¿qué hizo que el presidente Bukele cambiara radicalmente su posición? ¿Qué fuerza política fue capaz de lograr este abrupto cambio de posición? Hay varias especulaciones terrenales, por el momento solo tenemos la versión del presidente que fue un mensaje divino el que evitó la catástrofe política que estaba fabricando. ¡Gracias sean dadas al Altísimo!

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