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La realidad de la problemática fiscal parece ir abriendo la ruta de los entendimientos

Hay que entender, de una vez por todas, que cuando las cosas fundamentales del quehacer público se estancan o se paralizan quien acaba pagando todas las facturas pendientes es la sociedad, que por eso es cada vez más demandante de transparencia y de eficiencia.
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Lo sucedido recientemente en lo referente a la reforma de pensiones ha dejado una serie de mensajes que es oportuno recoger y analizar para sacar las lecciones que la misma realidad va poniendo en el camino. La primera de dichas lecciones sería la que resulta de las incertidumbres que tienden a darse cuando se espera hasta el último minuto para tomar las decisiones inevitables. En lo tocante a las pensiones, el Gobierno tenía urgencia ya desesperada de evitar un nuevo impago, y eso movió voluntades hacia el acuerdo correspondiente. Y, por otra parte, había un claro interés en allanarle el camino al Presupuesto General del Estado correspondiente a 2018, sobre todo después de la declaratoria de inconstitucionalidad del Presupuesto de 2017.

Lograr una reforma de pensiones con el apoyo de todas las fuerzas políticas representadas en la Asamblea Legislativa fue afortunadamente un paso positivo, que abre rutas de entendimiento en otras áreas. Era tiempo ya de que esta apertura se fuera haciendo visible, porque la problemática nacional, tan compleja y complicada en tantos sentidos, ya no resiste seguir en las mismas. Hay que entender, de una vez por todas, que cuando las cosas fundamentales del quehacer público se estancan o se paralizan quien acaba pagando todas las facturas pendientes es la sociedad, que por eso es cada vez más demandante de transparencia y de eficiencia.

Si bien es cierto que las fuerzas políticas tienen todo el derecho democrático de hacer oír sus opiniones y de externar sus críticas frente a lo que ocurre en la dinámica del quehacer público, esto debe ser manejado en forma congruente con los intereses nacionales, porque de otra manera lo que se estimula es una conflictividad estéril, que lejos de potenciar soluciones las impide. Y en lo que toca a la problemática de máximo impacto, el concurso de voluntades se convierte en una especie de llave maestra para abrir los espacios donde tanto la estabilidad como el progreso pueden construirse y expresarse de manera plena y consistente.

Hoy, a raíz de que el estudio y la aprobación del nuevo Presupuesto General están en la agenda inmediata dentro de la Asamblea Legislativa, lo que se dio con la reforma de pensiones parece estar actuando como palanca para lograr otros entendimientos de fondo en lo que se refiere al contenido presupuestario, con miras a que todo esto impulse de veras hacia ese pacto fiscal del que se viene hablando desde hace mucho como una necesidad imperiosa para potenciar la estabilidad financiera y consolidar la seguridad fiscal.

Todo indica que el Gobierno, su partido y la oposición política se hallan en vías de entrar en un nuevo ejercicio de integración de voluntades con miras a darle al país un escenario mucho menos traumático que el que tenemos. Ojalá que dicho propósito no se vaya a quedar en los tanteos improductivos. Es hora más que sobrada de que todos se incorporen al compromiso de país, por encima de las diferencias que son normales en la democracia. No hay que olvidar en ningún momento que la suerte del proceso es lo que está en juego.

Esperamos que este esfuerzo que se avizora llegue de veras a buen término, porque eso contribuiría de manera realmente significativa a generar confianza y efectividad, que tanto se necesitan para que el país vaya saliendo adelante.

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