La realidad nacional está demandando respuestas convincentes que no se disfracen de golpes de efecto ni de salidas fáciles

En la medida que va avanzando cualquier tipo de dinámica práctica las palabras van haciéndose menos convincentes si los hechos no las sustentan.

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En nuestro país, las condiciones que son características del momento histórico presente nos ponen a los salvadoreños ante un cúmulo de responsabilidades que es ineludible tener en cuenta para poder responder a cabalidad y a plenitud a lo que el fenómeno real trae consigo en prácticamente todos los órdenes de la vida nacional. Dichas responsabilidades pueden resumirse de entrada en un reto de funcionalidad que no admite evasivas de ningún tipo. Y la funcionalidad, tal como se hace imperiosa en la coyuntura presente, se asimila cada día más con una gobernabilidad que esté a la altura de los desafíos estructurales y coyunturales que son propios del dinamismo evolutivo en marcha.

Una gobernabilidad efectiva requiere tener en su base la confianza ciudadana, y esto hay que tenerlo permanentemente en cuenta para que no haya deterioros evitables ni desajustes prevenibles. En tal sentido, el darle constante seguimiento al sentir de la población constituye una pauta muy orientadora para que sea posible asegurar solidez de desempeño y certeza de orientación. En lo que concierne a las percepciones básicas de la ciudadanía en este preciso momento, una fuente de información confiable como es la que proveen las encuestas periódicas de LPG Datos es de gran valor. En la más reciente, realizada entre el 19 y el 24 de febrero, hay que destacar que la gestión presidencial mantiene su alta valoración, aunque tiene un leve descenso, lo cual era esperable. A pesar de que sucesos como los del 9 de febrero han venido a poner una mancha en el desempeño presidencial, la ciudadanía mantiene sus buenas expectativas, y eso hay que cuidarlo en beneficio de todos.

Es importante destacar el tema del rumbo del país, respecto del cual el sentir ciudadano conserva una satisfactoria percepción; pero empiezan a aparecer dudas que tendrían que ser debidamente analizadas y atendidas, para evitar que el pesimismo gane terreno, lo cual no es bueno en ninguna forma. Y para que el optimismo prevalezca es preciso que se manifiesten de manera clara dos factores ineludibles: la sanidad en la gestión y la armonía en el esfuerzo. Hay que tener presente de manera constante que una cosa son las palabras y otra cosa son los hechos; y en la medida que va avanzando cualquier tipo de dinámica práctica las palabras van haciéndose menos convincentes si los hechos no las sustentan.

En verdad, lo que en esta precisa coyuntura más estamos necesitando en nuestro país es que las respuestas concretas a los problemas específicos se hagan presentes en forma directa e inequívoca. Ni los golpes de efecto, como el que se dio irresponsablemente el pasado 9 de febrero, ni las salidas fáciles bajo ningún pretexto pueden funcionar como la realidad reclama; y, por el contrario, cuando se hace uso de recursos como esos lo que se va atrayendo es la disfuncionalidad, que siempre acaba siendo el motor de la ingobernabilidad.

El Salvador está ubicado ahora mismo en una posición de grandes expectativas dentro del mapa global, y eso no sólo hay que potenciarlo y aprovecharlo al máximo, sino hay que blindarlo frente a las distorsiones que siempre amenazan, siendo la principal de ellas el despiste en los altos niveles del ejercicio del poder. Saquémosles todas las ventajas posibles a las condiciones que hoy están a nuestra disposición; y entre ellas, en primer término, al buen ánimo ciudadano de seguir adelante con visiones de superación nacional y con miras de progreso general. Lo que a todos debe movernos en la convicción arraigada de que tenemos futuro beneficioso.

Hay que seguirle persistentemente la pista al sentir ciudadano, para que dicho sentir actúe en todo momento como la brújula del avance en el que estamos inmersos. Y es de ahí de donde hay que obtener las recetas del futuro.

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