La realidad nacional exige aquietar los ánimos y activar los consensos

Seguir en la crispación inútil y en la pugna sin alternativas es la receta de la ineficiencia crónica, con todos los efectos adversos y perversos que eso trae consigo.
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Estamos ahora mismo en la fase final de la campaña para definir quiénes ocuparán las diputaciones y quiénes formarán parte de los concejos plurales a partir del próximo 1 de mayo, y lo natural en una campaña es que se caldee la competencia entre las distintas fuerzas políticas contendientes, y más aún cuando, como demostraron los resultados electorales de 2014, las dos fuerzas predominantes están en virtual empate y se ha intensificado la batalla entre las fuerzas con menor caudal de votos. Pero estas tensiones tendrían que ponerse bajo control cuando ya se haya definido la voluntad popular en las urnas, para ir pasando a una atmósfera más distendida.

Los salvadoreños venimos siendo víctimas del arrebato pasional desde hace mucho. No fue casual que las divisiones y conflictos entre sectores y grupos condujeran al fin al conflicto bélico, en el que lo que busca cada quien es eliminar al “enemigo”. Pero la guerra tuvo una solución de entendimiento, que para muchos era una posibilidad casi inverosímil; y desafortunadamente no se activaron desde aquel momento las dinámicas de la convivencia pacífica, en pro del mejoramiento efectivo de nuestras condiciones de vida en todos los órdenes. Es hora más que sobrada de dejar de lado los pasionismos divisorios y los fanatismos estériles, para entrar de lleno en la racionalidad democrática, que elimina trincheras y propicia acercamientos.

Hace un par de días se ha dado una señal que puede ser muy oportuna para impulsar el accionar general en esa línea. El Papa Francisco oficializó en Roma la condición de mártir de la fe del arzobispo Óscar Arnulfo Romero, sacrificado en marzo de 1980, hace ya casi 35 años. Monseñor Romero, desde antes de llegar a Arzobispo de San Salvador, fue una figura muy polémica en el ambiente, y eso desató una especie de confrontación permanente entre los que lo reverenciaban y los que lo rechazaban. Su muerte violenta vino a profundizar esa brecha. El proceso de beatificación de Monseñor Romero se ha visto afectado también por las manipulaciones políticas. Pero ahora el Papa Francisco pone las cosas en otro plano: al allanar el camino para una próxima beatificación en ruta hacia la canonización, la figura de Monseñor Romero debe convertirse en símbolo de reconciliación y de pacificación.

Los salvadoreños tenemos que encontrar y empezar a transitar los caminos de un verdadero ejercicio de estabilización de nuestra realidad, tan quebrantada por los problemas que se han venido acumulando en el ambiente sin recibir tratamientos adecuados y oportunos. La política tiene que hacer lo suyo, pero desde luego no es la única responsable de lo que ocurre: todas las fuerzas de la sociedad deben responder a este reto histórico, que es el más decisivo del momento. Seguir en la crispación inútil y en la pugna sin alternativas es la receta de la ineficiencia crónica, con todos los efectos adversos y perversos que eso trae consigo.

El objetivo principal de los esfuerzos consensuales que es preciso impulsar de aquí en adelante debe ser la construcción de un proyecto de nación que permita integrar energías y articular voluntades hacia el verdadero desarrollo, que es a la vez crecimiento y progreso.

Sin ese proyecto como base de poco servirán las iniciativas sectoriales o las medidas de corte estrictamente político. Hay que crear condiciones para lograrlo, y para ello las actitudes positivas y desprejuiciadas son indispensables. Trabajemos todos, pues, en tal dirección.

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