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La realidad nacional puesta al límite es el principal motor para llegar a acuerdos

Y como la campaña electoral más inmediata se inicia en los primeros días de enero próximo, el largo tiempo que se dejó sin activar en serio los mecanismos conductores a dicho acuerdo hoy se transforma en apremio con plazo fijo.
 
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 Cuando se hace un enfoque amplio y desprejuiciado sobre la forma en que se va desenvolviendo la problemática del país, salta a la vista de inmediato que las cuestiones más graves y complejas son las que están más atrasadas en lo referente a tratamientos eficaces y a soluciones factibles, lo cual ha hecho que la situación general se vuelva cada vez más crítica, con los efectos de creciente deterioro que proliferan por doquier en el ambiente. Esto provoca que las fuerzas políticas en juego estén enfrentando ahora su desafío más difícil desde que empezó la posguerra hace ya más de un cuarto de siglo, ya con algunas señales muy preocupantes sobre el surgimiento de fuerzas alternativas desde fuera del esquema partidario actual.


El crítico tema fiscal es, evidentemente, uno de los más espinosos del momento, y, por su propia naturaleza, está sobrecargado de tensiones políticas, desafortunadamente muy mal administradas. Hemos visto, para el caso, las dificultades que se presentan todos los años para aprobar el Presupuesto General del Estado así como los intensos forcejeos que genera el endeudamiento público, que se ha vuelto inevitable por las deficiencias acumulativas en el manejo de las finanzas públicas. En todas estas áreas, los desacuerdos se han venido imponiendo en forma sistemática, y entretanto la dinámica del proceso nacional sigue su curso pese a todos los obstáculos, dentro de un calendario de decisiones electorales que está definido por la ley.


En estos momentos, las elecciones que se avecinan están empezando a poner sobre el tapete el imperativo de lograr acuerdos de perspectiva ante la incertidumbre de los resultados de los comicios legislativos y municipales y principalmente de los presidenciales. No se sabe quién ganará la Presidencia en 2019, y ahora hay menos certeza con el aparecimiento de opciones que se salen del campo tradicional. Y, por consiguiente, los dos partidos mayoritarios y el Gobierno actual parecen estarse alineando hacia la consecución de un pacto fiscal, que le dé viabilidad financiera a cualquiera que resulte ganador en 2019. Y como la campaña electoral más inmediata se inicia en los primeros días de enero próximo, el largo tiempo que se dejó sin activar en serio los mecanismos conductores a dicho acuerdo hoy se transforma en apremio con plazo fijo. Y así son las cosas: cuando la necesidad aprieta las tuercas, las voluntades tienen que abrirse de veras.


La disposición a pasar al ámbito de los entendimientos en este punto tan decisivo para todos, y principalmente para el mejor desempeño del país, tiene que producir resultados en el plazo establecido. Y si eso ocurre, como parece previsible dadas las condiciones imperantes, quedará demostrado una vez más que la realidad concreta e inescapable puede más que las resistencias y las neurosis que tanto perturban y contaminan la atmósfera nacional. Al final del día, es esa realidad la que hace las cuentas de lo que se ha hecho y de lo que no se ha hecho.
El cumplimiento de las obligaciones crediticias del país, que han venido creciendo exponencialmente a consecuencia de irresponsabilidades de variada índole, puede poner en jaque a cualquier gobierno en especial a partir de 2019; y por eso hay que tomar desde ya las medidas preventivas, que no tienen que ver con las líneas ideológicas de nadie. Y en esa ruta, lograr acuerdo sobre el Presupuesto de 2018 es tarea determinante. Hay que abrirse a la realidad, lo que implica abrirse a la sensatez.

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