La realidad va ganando terreno en el espacio dejado por las ideologías galopantes y por los espejismos históricos

Al hacer un acercamiento valorativo al momento histórico que nos ha tocado vivir lo que salta al instante es la percepción de que nos hallamos ante un fenómeno real que se diferencia en casi todos los sentidos de los momentos inmediatamente anteriores, para bien y para mal.
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La realidad va ganando terreno en el espacio dejado por las ideologías galopantes y por los espejismos históricos

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Para bien porque luego del quiebre de la bipolaridad mundial bajo signo ideológico radical se empezaron a abrir los espacios para otras formas de comunicación y de convivencia en el mapamundi, y para mal porque se tiene la sensación que al disolverse la instrumentalizada utopía de izquierda pareciera haberse cerrado la posibilidad de activar sueños que puedan mantener viva la necesaria aspiración a tener un mundo mejor.

En todo caso, quizás lo mejor que ocurre en las circunstancias presentes sea la recuperación de la realidad como fuerza orientadora en el plano de los hechos. Esto le da bríos al realismo, independientemente de las interpretaciones que pueda haber sobre el fenómeno real. Recordemos que en la era de la bipolaridad ideológica todo se planteaba como una batalla a muerte entre dos concepciones irreconciliables del mundo y de la vida: capitalismo y comunismo; y casi nadie se atrevía a imaginar que dicha batalla podía resolverse con otra cosa que no fuera la derrota total de cualquiera de esas dos concepciones. Pues bien, como siempre, la realidad dijo su palabra, y esa fue la que se impuso. Se hundió el comunismo; el capitalismo se mantuvo flotando; y el resultado fue una nueva era, sin superpoderes al estilo anterior.

En el plano político también hay, desde luego, novedades significativas. Como decíamos antes, si algo está en crisis en este preciso momento es el radicalismo, venga de donde viniere y sean cuales fueren las vestimentas que asuma. En ese sentido, la realidad imperante en todas partes demuestra que la evolución proactiva le ha ganado todos los espacios a la revolución sustitutiva. En realidad, eso siempre ha sido así, pero los empeños del radicalismo galopante y del radicalismo estacionario quisieron mantener sometido al sentido común de la vida a cualquier costo. Hoy, como siempre, las derechas y las izquierdas siguen existiendo, pero sus opciones de realización tienen otro signo: la única opción sostenible de la derecha es el liberalismo humanizado y la única opción realizable de la izquierda es la socialdemocracia. Puede haber matices, pero en ningún caso podrán pasar de ahí.

Pero sin duda el tránsito nunca podría ser fácil ni cómodo, porque el relevo de referentes se vuelve siempre un vivero de renuncias necesarias, lo cual despierta resistencias aguerridas. Ahora mismo la pugna mayor se da entre los que aceptan que hay que evolucionar pacíficamente y los que levantan barricadas para dificultar el avance de la evolución. Lo tradicional se está mordiendo la cola en todas partes, y los gemidos rencorosos se oyen entre las malezas inevitables. En el campo de la competencia política se ven imágenes que reproducen todas estas intensas pruebas de recorrido. En países como Estados Unidos y como España, que hasta hace muy poco hubieran parecido totalmente ajenos a dichos avatares, la cosa está que arde.

¿Qué nos depara el futuro inmediato, que en cualquier circunstancia es la antesala del futuro que sigue? Pues nos deparará lo que nosotros determinemos con nuestro proceder en el ahora mismo. La gran lección de siempre, que desafortunadamente hemos ignorado por tanto tiempo con las consecuencias conocidas, consiste en hacer lo que hay que hacer cuando es oportuno. No dejar nada para mañana, salvo lo que pertenezca naturalmente al mañana.

En nuestro caso nacional, lo más apremiante es tener claridad sobre nuestras opciones en realidad factibles. Las hay, por supuesto; pero en tanto permanezcan en la nebulosa de lo indefinido nada se logrará en concreto. Visualicemos el país como una tarea diaria, pero conectada visceralmente con su propia articulación en el tiempo. El país es un ser vivo, y como tal merece respeto y demanda dedicación. Démoselos sin reservas.

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  • david escobar galindo
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