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La rebelión político- electoral de El Salvador

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Alberto Arene

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Tres grandes rebeliones sucedieron en El Salvador en el último siglo. La primera, la rebelión indígena-campesina de 1932 seguida de la masacre de decenas de miles dirigida por el general convertido en presidente por un golpe de Estado que inauguró la dictadura militar de seis décadas; la segunda, la rebelión político-militar que comenzó a principios de los setenta y estalló en guerra civil en los ochenta, resultado de una prolongada dictadura de grandes desigualdades sociales, represión, fraudes electorales, y cierre de los espacios de participación política; y la tercera, la rebelión político-electoral que inició con la elección presidencial de Nayib Bukele en febrero de 2019 y se reafirmó con su contundente triunfo electoral en las elecciones legislativas y municipales de febrero de 2021. Resultado del hartazgo ciudadano a la corrupción, a la inequidad y a un sistema de partidos que gobernó fallidamente las tres décadas de posguerra, ambas elecciones expresan una profunda rebelión ciudadana político-electoral, parteaguas de un nuevo ciclo de la historia de El Salvador.

Esta última gran rebelión político-electoral tiene 2 razones estrechamente vinculadas:

1. La profundidad del hartazgo ciudadano y la incapacidad del liderazgo político tradicional de entenderla, cambiar y actuar en consecuencia. El Informe del Latinobarómetro 2018 reportaba que El Salvador lideraba en Latinoamérica el rechazo al sistema político, jurídico y electoral, mientras el liderazgo político continuaba con un arraigado y prolongado déficit de atención. Después de Argentina con el 33 %, El Salvador tenía la menor expectativa económica futura con el 34 % y junto con Guatemala con el 26 % éramos el país con el menor apoyo a la democracia, pero con una diferencia, liderábamos con 54 % los países a quienes sus ciudadanos les daba lo mismo un régimen democrático que uno no democrático, seguido lejanamente por Honduras y Brasil con 41 %. Con el 86 % junto a Venezuela, El Salvador era el país que su gente consideraba que estaba gobernado por unos cuantos grupos poderosos en su propio beneficio, solo después de Brasil, México y Paraguay. Para entonces, éramos el que menos confiaba en su poder judicial (14 %), en los partidos políticos (8 %) y en el organismo electoral (6 %) y el penúltimo en el parlamento (10 %).

2. Un líder de una nueva generación que encarnó el cambio, capitalizando política, mediática y electoralmente dicho hartazgo, asumiendo implacablemente su rol de vengador de un pueblo decepcionado del sistema de partidos políticos, y particularmente de sus últimos 4 presidentes y gobiernos. Y lo hizo con asesoría estratégica y táctica de primer nivel internacional y estudios de opinión pública para el análisis y la acción político-mediática, ausentes en la casi totalidad de los partidos de la oposición.

Con los diputados de su partido Nuevas Ideas (NI) tendrá mayoría calificada (56) para ratificar préstamos, y elegir al fiscal general, a los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, de la Corte de Cuentas, y del Tribunal Supremo Electoral, y al procurador de Derechos Humanos.

En las elecciones presidenciales de 2019, Nayib Bukele obtuvo 1,434,856 votos, equivalentes al 53.10 % de votos válidos y al 27.2 % de votos de un padrón electoral de 5,268,411 personas. En las elecciones legislativas de 2021, NI obtuvo 1,451,283 votos que con los 224,188 votos obtenidos por la coalición NI-GANA y los 134,436 votos obtenidos por GANA suman un total de 1,809,907, equivalentes al 71.9 % de los votos válidos y al 33.5 % de un padrón electoral de 5,389,462 personas. Dicho padrón aumentó 2.30 % en las últimas elecciones elecciones legislativas y municipales de 2021, mientras el caudal electoral de Bukele se incrementó en 26 % en este período (datos escrutado el 96.41 % de los votos). En cuanto al poder territorial y local, NI ganó las ciudades de las 13 de las 14 cabeceras departamentales, y su aliado GANA la restante, y 149 alcaldías de 262 municipios. 

Los resultados de las elecciones legislativas y municipales cambian radicalmente el mapa político salvadoreño y las correlaciones de fuerza en todos los poderes del Estado, creando condiciones de partida para lo que podría convertirse en una nueva hegemonía política para las próximas dos décadas.

En apenas 9 años de carrera política meteórica, Nayib Bukele pasó de ganar en 2012 la alcaldía de un pequeño municipio vecino de San Salvador de 6,900 habitantes, a ganar en 2015 la alcaldía de la capital -San Salvador- de 316 mil habitantes, a ganar las elecciones presidenciales de 2019, a ganar las elecciones legislativas y municipales de 2021, consolidando su liderazgo y poder político 3 años antes de concluir su primer mandato.

Independientemente de críticas diversas a su manera de gobernar, su proyecto político-electoral ha sido extremadamente exitoso, considerado un fenómeno internacionalmente. Pero ahora se enfrenta al desafío mayor de su vida política, a la enorme tarea de articular e impulsar un nuevo proyecto político y económico-social que siente las bases de la transformación de El Salvador en las próximas dos décadas. Y eso conlleva enormes desafíos a los que no referiremos en las próximas columnas.

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