La reconciliación y la lucha por la paz social

Un amigo versado en relaciones internacionales recientemente de visita en el país me daba su dictamen sobre la actual situación sociopolítica del país: se trata de un verdadero pandemonium, que como su nombre lo indica, es la capital de Satán y sus acólitos, en el infierno, del clásico libro “El paraíso perdido” de John Milton.
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Literatura aparte, el desencadenamiento de un sinnúmero de hechos en el escenario político actual, de uno y otro bando, nos conducen a una especie de paroxismo social, de esquizofrenia política colectiva, en medio de una orgía macabra de 23 asesinatos diarios, y la impotencia del gobierno y de todas las fuerzas políticas del país ante tales hechos.

La muerte del expresidente Francisco Flores, que personalmente lamento mucho, los juicios por venir contra dos expresidentes, la pendiente extradición de los militares implicados en el asesinato de los padres jesuitas y de dos empleadas de la Universidad Católica Centroamericana (UCA), el posible decreto del Estado de excepción focalizado, la bancarrota de las cajas públicas, la reforma al sistema de pensiones, los dimes y diretes entre los líderes políticos de la nación, las sentencias de Probidad, las resoluciones de la Sala de lo Constitucional, las masacres cotidianas de honrados ciudadanos trabajadores, todo ello conspira para crear en la sociedad un clima de desconfianza permanente, de confrontación y descalificación.

Esta atmósfera viciada de acusaciones y denuncias no contribuye al objetivo supremo de los políticos y la sociedad civil, como es la lucha por la paz social y el bienestar colectivo de todos los ciudadanos de El Salvador, convertido actualmente en un país narcotizado en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Muy por el contrario, nos hemos vuelto una sociedad cainita, donde Caín es el ejemplo a seguir en la búsqueda continua del hermano Abel a quien asesinar física o políticamente.

Algunos podrán aducir que se trata de una sociedad enferma, o, más técnicamente, de un país con síntomas postraumáticos, que no supo, durante la posguerra, si es que la hubo, trabajar el trauma de la guerra y de desigualdad social que desde siempre nos acompaña. Sin embargo, es precisamente en estos momentos difíciles, cuando en las sociedades debe de imponerse el violento terciopelo de la razón y del buen sentido, para salir del actual atolladero en el que estamos hundidos hasta el cuello.

Si de lo que se trata es de combatir el crimen organizado y las pandillas, la solución pasa por la búsqueda de consensos y la elaboración de una mínima plataforma común para su erradicación y prevención y de paso, unirnos en un esfuerzo amplio para proteger el presente y el futuro no solo nuestro sino también de nuestros hijos y de las generaciones venideras.

En el sentido literal y literario nos hemos vuelto un país bipolar, y ello conlleva sus graves consecuencias porque todo se mide en función de blanco y negro y de esquemas preconcebidos, donde no se aceptan las sanas críticas y las disidencias, que son precisamente la sal de la tierra.

A los poderes fácticos y a los poderes establecidos con seguridad que les interesa un clima de paz y de convivencia social.

Para que Atila no termine gobernando este país es necesario que se unan los Hunos y los Hotros.

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