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La reforma universitaria, gesta continental olvidada

En un paraje poco frecuentado de la Constitución, dice el art. 61.- “...La Universidad de El Salvador... (gozará) de autonomía en los aspectos docente, administrativo y económico. Deberá(n) prestar un servicio social, respetando la libertad de cátedra...”.
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Estas frases de rutinaria inclusión en los textos constitucionales a partir de 1950, que el lector actual sobrevuela sin fijarse en ellas, descansan en una montaña de hermosas y heroicas luchas, de lo mejor de la juventud y la intelectualidad latinoamericanas. Su linaje es tan noble y ancestral, que para conocerlo es necesario remontarse muy hondo en el pasado.

Debemos llegar al nacimiento de las universidades. El más antiguo centro de estudios, enseñanza e investigaciones superiores fue la Escuela Médica de Salerno, Italia, nacida en el siglo IX. Pero no era universidad ni se le da tal título. La primera en constituirse es la de Bolonia, al norte del mismo país, formada en 1088, pero investida de la honrosa apelación de universidad solo hasta en 1317, cuando ya lo había recibido la de París en 1256, aunque su origen, 1150, fue posterior al de la italiana.

Universidad viene del latín universitas, universalidad, término que en el Derecho Romano se formó para considerar una pluralidad de cosas como unidad. Los gremios medievales eran jurídicamente universitas; universitas de zapateros, de panaderos, etcétera.

En el génesis de las universidades, grupos de académicos se juntaron para constituir gremios, o sea universitas. En París, el núcleo primigenio habría sido de profesores, que llamaron alrededor de ellos a estudiantes. En Bolonia habría ocurrido lo contrario; estudiantes se aglutinaron para buscar maestros. En ambos casos, resultó como en los normales gremios medievales, una comunidad de maestros y aprendices.

El modelo de Bolonia por la cultura que España tomó de Italia pasó a la Universidad de Salamanca, irradiada a las colonias americanas, donde pronto floreció en centros de estudios.

En 1551 fue fundada la Real y Pontificia Universidad de San Marcos en Lima; en 1613 la de Córdoba, Argentina; en 1624 la Universidad Mayor, Real y Pontificia de San Francisco Javier de Chuquisaca, hoy Sucre, Bolivia. Y otros prestigiosos templos del saber.

En mis tiempos de estudiante reformista, era aceptado que la República por su afición a todo lo francés, desde las ideas de libertad a la moda, cambió la República académica por la oligarquía del profesorado, degenerando las universidades en “el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y –lo que es peor aún– el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara” según denunciaba el histórico Manifiesto de Córdoba de 1918, acta de fundación del movimiento reformista, pronto extendido a toda Latinoamérica.

En El Salvador fue principal estandarte de los estudiantes en lucha contra las dictaduras, empezando con la de Martínez, derrocada por el movimiento popular que, aprovechando el relámpago luminoso de la Constitución de 1950, enclavó en ella la autonomía de la Universidad, principal aspiración de la Reforma, premisa para conquistas como:

a) cogobierno de estudiantes, profesores y graduados; b) extensión social y cultural; c) cátedras por concurso, con periodicidad y libertad en la enseñanza; d) vinculación de docencia e investigación.

Esa epopeya reformista ha quedado en parte tan consolidada y en parte tan abandonada, que pasa inadvertida. Sería indispensable despertar en la juventud la perennidad de sus ideales.

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  • Reforma universitaria

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