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La renovación constante de las fuerzas políticas es un elemento vital para que nuestra democracia se mantenga saludable

Claramente se percibe que los partidos necesitan actualizar sus idearios, recomponer sus estrategias y vitalizar sus estructuras internas.
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El esfuerzo de democratización que se viene dando en nuestro país sobre todo a partir de la conclusión negociada del conflicto bélico interno está íntimamente vinculado con el desempeño de las fuerzas políticas, que son parte esencial de dicho proceso, ya que constituyen los sujetos actuantes y activos de la dinámica democratizadora en el plano político. Dichos actores son las piezas que va moviendo la voluntad popular para darle forma concreta a la representación en las diversas posiciones de poder, y por consiguiente no sería posible imaginar un desempeño efectivo de la vida nacional sin la intervención protagónica de tales fuerzas.

Hay que tener siempre presente, en todo caso, que en la democracia ese rol fundamental de los actores políticos no es una autorización abierta para que dichos actores hagan lo que quieran en el momento que quieran, porque nunca dejan de ser representantes que se deben al encargo que les da su representado, que es la ciudadanía. Como dice el texto constitucional: “El poder público emana del pueblo. Los órganos del Gobierno lo ejercerán independientemente dentro de las respectivas atribuciones y competencias que establecen esta Constitución y las leyes”. Y los órganos del Gobierno se estructuran periódicamente según las decisiones de la voluntad popular bien en elecciones directas o en elecciones de segundo grado.

La Constitución también es muy clara cuando establece: “El sistema político es pluralista y se expresa por medio de los partidos políticos, que son el único instrumento para el ejercicio de la representación del pueblo dentro del Gobierno. Las normas, organización y funcionamiento se sujetarán a los principios de la democracia representativa”. En este mandato constitucional se grafica en forma evidente la enorme responsabilidad que tienen los partidos no sólo en relación con su propio desempeño sino sobre todo en función de su responsabilidad representativa.

No es casual, entonces, que en la medida que el accionar democrático se desenvuelve evolutivamente en el tiempo, ese mismo impulso evolutivo les demande a las fuerzas partidarias ir al mismo ritmo de lo que se esté dando dentro del proceso nacional. En las circunstancias actuales, el imperativo de renovación partidaria nace, en primer término, del seno de la ciudadanía. Claramente se percibe que los partidos necesitan actualizar sus idearios, recomponer sus estrategias y vitalizar sus estructuras internas. En ese sentido, los aportes de la juventud son de gran influencia y deben ser recibidos y asimilados en forma positiva y proactiva.

Tal renovación, en sus diversas expresiones, no hay que verla sólo en plan de competencia electoral, sino hacer que abarque un elemento de suma importancia: la preparación comprobable para ejercer en forma plena y convincente las funciones representativas que vayan surgiendo para cada quien en el curso de la dinámica democrática. Es pues una renovación estructural constante la que se requiere para que el sistema pueda funcionar a cabalidad.

Cada partido tiene su propia historia y su propia proyección hacia adelante, pero todos comparten la responsabilidad de poner lo que les corresponde, individualmente y en conjunto, para que El Salvador sea un verdadero gestor de su destino.

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