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La represión del delito y la prevención del mismo han de ir siempre de la mano

Para que empiece a revertirse la dramática situación actual es indispensable que la ley cumpla su cometido sin vacilaciones ni evasivas. Todo el peso de la misma debe caer sobre quienes la transgredan, sean quienes fueren. Y desde luego los delincuentes organizados están en la primera línea.
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La sociedad salvadoreña ha venido cayendo en una situación de trastorno incontrolable por efecto directo de dos factores profundamente contradictorios: el auge avasallador del crimen organizado y las respuestas insuficientes de aquellos que, desde los espacios institucionales de la legalidad, están llamados a preservar el orden y a garantizar la seguridad. Frente a este fenómeno, las ansiedades y las angustias ciudadanas vienen expresándose con creciente intensidad, lo cual ha contribuido vigorosamente a poner la voz de la ciudadanía en primer plano, como debe ser lo normal en una democracia que funcione de veras como tal.

Cuestiones vitales como la erradicación progresiva de la criminalidad que hoy se mueve por doquier prácticamente sin límites y como la programación adecuada para evitar que los atractivos de la delincuencia organizada sigan sirviendo de trampa especialmente para los jóvenes se hacen presentes de manera constante en las opiniones y proyecciones sobre toda esta problemática, que está en el centro de todo lo demás. Y es que en verdad si no se logra activar un plan eficaz para hacer que los delincuentes de todo tipo reciban el castigo que les corresponde según la normativa vigente y si no se establece una estrategia de prevención que verdaderamente actúe como factor disuasivo nunca empezaremos a salir de veras del atolladero en que hoy estamos.

Para que empiece a revertirse la dramática situación actual es indispensable que la ley cumpla su cometido sin vacilaciones ni evasivas. Todo el peso de la misma debe caer sobre quienes la transgredan, sean quienes fueren. Y desde luego los delincuentes organizados están en la primera línea. Al crimen hay que atacarlo de frente, deshaciéndole sus estructuras y desarticulándole sus redes. Y paralelamente se tiene que activar todo un esquema social para que las oportunidades que se les abran particularmente a los jóvenes tengan más poder atractivo que cualquier llamado desde el ámbito criminal.

En lo que a la prevención se refiere estamos literalmente en pañales, pese a la importancia fundamental que tiene esa dinámica disuasiva para la suerte de todo el proceso. Prevenir es siempre un reto difícil, y ya no se diga cuando las condiciones han llegado al punto en el que están. Por tanto, es más urgente que nunca hacer que las políticas de lucha y de prevención sean notorias, confiables y sostenibles, para empezar a dar el giro hacia las soluciones que se hagan ver y que se hagan valer de aquí en adelante.

Si algo reclama con apremio la ciudadanía es que el crimen deje de ejercer el predominio destructivo que tiene hoy en el ambiente. Hay que atacarlo de raíz haciendo a la vez que se reactiven las energías que resguarden la convivencia pacífica, impulsen el progreso generalizado y vayan abriendo las mejores rutas hacia el futuro de la sociedad y de todos sus integrantes.

Lograr que esto empiece a tomar cuerpo de realidad sí sería propiciar en los hechos lo que la población demanda y espera. No se puede seguir viviendo con el alma en un hilo, a merced de las fuerzas más oscuras.

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