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La resiembra nacional de energías positivas tiene que ser prioritaria en el país

Desde luego no bastan las declaraciones ni los discursos para que la atmósfera nacional entre en fase reconstructiva. Hay que generar iniciativas y proyectos que motiven a creer que las cosas se están moviendo en dirección diferente.
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Cuando se hace un recorrido estimativo por las diversas formas de accionar y de reaccionar que son hoy más comunes en el ambiente nacional, resaltan de inmediato las tendencias agresivas y destructivas, que tratan de imponerse sobre todo lo demás sin parar mientes en los trastornos y en los daños que eso va produciendo en el vivir y en el quehacer nacionales. Es como si a los salvadoreños no nos hubiera bastado el desgarrador ejercicio de la guerra fratricida para desahogar todas las frustraciones, incomprensiones y malquerencias acumuladas a lo largo de un trayecto histórico anterior plagado de injusticias y desajustes, y necesitáramos continuar guerreando en la cotidianidad de una posguerra que merece cada vez menos el calificativo de tal, porque los conflictos y las refriegas no dejan de hacerse sentir en el día a día. Este fenómeno debería merecer más análisis, porque de entrada resulta difícilmente comprensible.

La atención prioritaria la gana en el día a día esa conflictividad que se concreta en descalificaciones salidas de tono y en posiciones atrincheradas que se quieren hacer valer a toda costa. Esto ha llevado a que los enfoques y los tratamientos de los problemas más graves que el país tiene entre manos vayan siendo cada vez más contaminados por las actitudes intolerantes y por las posturas intemperantes, como si ahí se centrara el núcleo de la problemática no resuelta. Esto hay que ponerlo en evidencia, de la manera más abierta y sincera que sea posible, para que nadie pueda llamarse a engaño con facilidad: si seguimos en las mismas, no sólo se incrementarán los conflictos estériles sino que se continuará avanzando hacia los desfiladeros del desastre irreversible. Y esto no es alarmismo fácil, sino expresión realista de lo que pudiera venir de no erradicar cuanto antes toda esta irresponsabilidad instalada.

Todos tendríamos que tomar conciencia de que, si bien el espíritu crítico es necesario para reconocer fallas, deficiencias y errores, esto hay que manejarlo en forma seria y desapasionada, para que los esfuerzos de recuperación no se vuelvan ejercicios traumáticos ni apuestas sin asideros en lo real, como es inevitable si la negatividad se va posesionando de los diversos espacios sociales y políticos. Lo que a todos nos corresponde hacer al respecto es sumarnos a la lógica de los diagnósticos realistas sobre la realidad nacional, para desde ahí emprender las tareas de restauración de la confianza y de reconstrucción de las buenas prácticas políticas y socioeconómicas que hagan factible la recuperación en todos los órdenes.

Hablamos de resiembra nacional de energías positivas porque tenemos la plena seguridad de que se trata del principal cultivo para volver fecunda la realidad en que nos movemos. Ahora dicha realidad se parece cada vez más a un predio baldío, y por eso los salvadoreños sentimos, con angustiosa ansiedad, que se nos van cerrando todas las puertas del presente, dejándonos aislados de las posibilidades del futuro. Esta sensación es justamente la que mantiene en angustia constante a la población, que no halla hacia dónde moverse para encontrar las salidas que provean certidumbre y esperanza.

Desde luego no bastan las declaraciones ni los discursos para que la atmósfera nacional entre en fase reconstructiva. Hay que generar iniciativas y proyectos que motiven a creer que las cosas se están moviendo en dirección diferente.

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