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La resurrección de Jesucristo

En una de sus homilías, el papa Francisco decía: “En el Evangelio, encontramos primero a las mujeres que van al sepulcro de Jesús, con aromas para ungir su cuerpo. Habían seguido al Señor. Lo habían escuchado, se habían sentido comprendidas en su dignidad, y lo habían acompañado hasta el final, en el Calvario y en el momento en que fue bajado de la cruz”.
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Ven corrida la piedra del sepulcro, se acercan, y no encuentran el cuerpo del Señor. Esto las deja perplejas, dudosas, llenas de preguntas: «¿Qué es lo que ocurre?», «¿qué sentido tiene todo esto?» Y he aquí dos hombres con vestidos resplandecientes, que dicen: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, ha resucitado».

A menudo, la novedad nos da miedo, también la novedad que Dios nos trae, la novedad que Dios nos pide. Tenemos miedo de las sorpresas de Dios.

No nos cerremos a la novedad que Dios quiere traer a nuestras vidas. No nos encerremos en nosotros mismos, no perdamos la confianza, nunca nos resignemos: no hay situaciones que Dios no pueda cambiar, no hay pecado que no pueda perdonar si nos abrimos a él.

Lo que era un simple gesto, algo hecho ciertamente por amor –el ir al sepulcro–, ahora se transforma en acontecimiento, en un evento que cambia verdaderamente la vida.

Ya nada es como antes, no solo en la vida de aquellas mujeres, sino también en nuestra vida y en nuestra historia de la humanidad. Jesús no está muerto, ha resucitado, es el Viviente. No es simplemente que haya vuelto a vivir, sino que es la Vida Misma, porque es el Hijo de Dios, que es El que Vive, Jesús ya no es del pasado, sino que vive en el presente y está proyectado hacia el futuro, Jesús es el «hoy» eterno de Dios.

Así, la novedad de Dios se presenta ante los ojos de las mujeres, de los discípulos, de todos nosotros: la victoria sobre el pecado, sobre el mal, sobre la muerte, sobre todo lo que oprime la vida, y le da un rostro menos humano. Y este es un mensaje. Cuántas veces tenemos necesidad de que el Amor nos diga: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?

Los problemas, las preocupaciones de la vida cotidiana tienden a que nos encerremos en nosotros mismos, en la tristeza, en la amargura..., y es ahí donde está la muerte. No busquemos ahí a Aquel que vive. Aceptemos que Jesús Resucitado entre en nuestra vida, como amigo, con confianza.

Los ángeles dicen a las mujeres: «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea... Y recordaron sus palabras». Esto es la invitación a hacer memoria del encuentro con Jesús, de sus palabras, sus gestos, su vida; este recordar con amor la experiencia con el Maestro es lo que hace que las mujeres superen todo temor y que lleven la proclamación de la Resurrección a los Apóstoles y a todos los otros.

Hacer memoria de lo que Dios ha hecho por mí, por nosotros, hacer memoria del camino recorrido; y esto abre el corazón de par en par a la esperanza para el futuro. Aprendamos a hacer memoria de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas.

Invocando la intercesión de la Virgen María, que guardaba estas cosas en su corazón, pidamos al Señor que nos haga partícipes de su resurrección, a sus sorpresas; que nos haga hombres y mujeres capaces de hacer memoria de lo que Él hace en nuestra historia personal y la del mundo, y rectifiquemos nuestra vida.
 

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