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La ruta del destino

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El maestro artesano tenía su pequeño taller en el tabanco de su casa semirrural en la que había vivido desde que tenía memoria. Como su fama local había venido creciendo con el tiempo, algunos niños de los alrededores llegaban a verlo trabajar y a aprender las técnicas elementales de un arte que no se atrevía a decir su nombre. Él ocupaba madera para sus trabajos, que eran figuras tanto humanas como animales, y que con el tiempo se habían ido volviendo cada vez más imaginativas sin perder su rusticidad original. Entre esos niños empezó a llegar uno que ya estaba por tocar los umbrales de la adolescencia. “Me llamo Ángel”, le dijo al maestro el día que llegó. “Entonces –le respondió el maestro– vas a poder hacer lo que querrás con las manos”. Y así fue. En unos cuantos días, el nuevo discípulo estaba ya dando muestras visibles y tangibles de lo que sería su desarrollo como artesano creador. El maestro lo dejaba hacer sin mayores comentarios, como si quisiera respetar el impulso del discípulo incipiente. Hasta que un día de tantos, lluvioso por cierto, lo llamó a uno de los extremos del tabanco, que tenía un alero rústico: “Muchacho, vos sos un cipote que va a hacer cosas. No necesitás que te enseñe nada. Andate al monte a ver animalitos y al pueblo a ver gente. Ellos te lo van a enseñar todo”. Así lo hizo, y hoy su obra está donde quiere estar...

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