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La salvadoreñidad ha estado expuesta a graves deterioros y ahora lo que se impone es la necesidad de ir a su rescate

El Salvador es nuestra heredad, nuestra casa, nuestro hogar..., porque en realidad es el lugar al que pertenecemos con plenitud irrevocable. Reanimar la salvadoreñidad constituye, entonces, una misión restauradora ineludible.
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David Escobar Galindo / Columnista de LA PRENSA GRÁFICA

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El Salvador es un Estado con identidad propia, pero en los hechos reales es mucho más que un Estado: constituye una comunidad de destino, que desde siempre, y más allá de los avatares de la política, representa un ser nacional perfectamente identificable en el tiempo. Hace ya casi dos siglos que nuestro país entró al plano de las naciones independientes, y eso tiene derivaciones de la más diversa índole. Es cierto que nuestra ubicación y nuestra posición dentro del mapa de las realidades internacionales estuvieron durante larguísimo tiempo en una especie de penumbra de escasísima visibilidad; pero la evolución más reciente nos ha abierto una oportunidad sin precedentes: ser reconocibles en el mapamundi, ya no como pieza marginal de un diseño dominado por superpoderes sino como punto con identidad propia, según lo permite la nueva configuración de los dinamismos prevalecientes.

Cuando hablamos de salvadoreñidad estamos refiriéndonos en primer lugar al sentido de pertenencia, que es un sentimiento arraigado en lo más profundo del ser tanto personal como social. El ser humano nunca está flotando en el vacío: siempre tiene un lugar en la superficie sólida, sea el que fuere. En ese lugar están presentes los cuatro elementos clásicos: tierra, aire, agua, fuego. Y, por consiguiente, los humanos nos movemos entre realidades identificables, dentro de las cuales nos sentimos albergados por derecho propio. Y no es casual, entonces, que tal sentimiento adquiera en cada uno categoría de marca de fábrica, por decirlo con un término eminentemente gráfico. Esta connotación de profunda energía vinculante se manifiesta en lo que llamamos Patria, que es la mejor síntesis expresiva de nuestra necesidad de estar en familia con todo lo que nos rodea.

Nuestra incapacidad histórica de movernos como sociedad que comparte sus anhelos y administra sus desafíos fue haciendo, en un momento determinado de nuestra evolución, que el sentimiento de pertenencia patriótica fuera perdiendo cuerpo y haciéndose cada vez más difuso. Sobre todo a partir de los años 60 del pasado siglo la dinámica evolutiva nos fue dejando atrás, cuando lo lógico hubiera sido que lo que estaba pasando nos moviera a tomar la delantera. El fenómeno actual, caracterizado por el predominio de la violencia social incontenible, hace que el país se halle sumido en un pantano irrespirable. Y ahí la delincuencia hace de las suyas y la emigración se convierte en vía de escape. Pero esta última produce efectos duales, porque los salvadoreños migrantes, que llegan a millones, son hoy los que preservan el espíritu de salvadoreñidad desde la distancia.

No es necesario calar a fondo en las condiciones que prevalecen en el ambiente para arribar a la conclusión de que los salvadoreños de esta época, independientemente de la edad y del estado personal, vivimos en una especie de limbo anímico, porque los asideros naturales con todo lo que somos se han venido haciendo cada vez más frágiles y volátiles. Toda la simbología patriótica se va volviendo irrelevante, en ruta hacia la inexistencia; y de seguir por ese camino puede llegar el momento en que seamos extraños dentro de nuestro hábitat natural. Ojalá que tal momento no llegue, pero eso sólo podrá evitarse si se revitalizan y fertilizan nuestras raíces y si nuestros lazos comunicativos reciben el tratamiento reconstructivo que las circunstancias demandan. Este es un proceso de rehabilitación urgente que sólo podría funcionar de veras si se asume como una labor de regeneración integral.

La familia, la escuela y la sociedad tienen que ser los motores de la recuperación de nuestro legítimo orgullo de pertenencia. No se trata de crear retórica ni de mover programas artificiosos: el propósito debe ir anidando en las mentes de los que más claramente entienden lo que hay que rescatar, para desde ahí expandirse hacia todos los puntos cardinales de nuestra realidad, en clave de presente y de futuro. El Salvador es nuestra heredad, nuestra casa, nuestro hogar..., porque en realidad es el lugar al que pertenecemos con plenitud irrevocable. Reanimar la salvadoreñidad constituye, entonces, una misión restauradora ineludible. El país es un cúmulo de energías que no se han extinguido entre tantas tormentas, y eso no da fe de que todo lo que pueda venir pasará como las ráfagas ya superadas. Ahí enfrente sigue estando nuestro destino como nación y como sociedad. Unámonos a él en cuerpo y alma.

El Salvador vive por nosotros y para nosotros. Seamos siempre fieles a ese vínculo.

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