La sangre de nuestra Santa Iglesia…

Año tras año la Semana Mayor nos trae ese misterio tan grande de nuestra fe: la pasión de nuestro Señor y su resurrección.
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El Dios hecho hombre, fundador de nuestra Iglesia, el divino mensaje abonado con su propia sangre, semilla, retoño y árbol que trascenderán todos los tiempos. El gran simplificador, el que tomó 3,000 años de leyes, reglamentos y experiencias y los resumió en una sola frase: “Amar a tu Dios por sobre todas las cosas y a tu prójimo como a ti mismo”. El maestro de la humildad, el del total desdén por lo material, el que despreció todo poder y bien terrenal; el incluyente por excelencia, no hay mejores o peores, todos somos simples pecadores; el que vivió lo que predicaba, el gran maestro, el que hizo del nombre del César el suyo propio, conquistador de imperios a través de una sola palabra: amor; el que ahora con toda propiedad podemos llamar rey de reyes.

No hay año que no reflexione sobre el dolor de nuestra Santa María Virgen, el gran dolor de perder su hijo amado, ese inimaginable dolor cuya comprensión es exclusivo ámbito de aquellos que hemos perdido hijos; dolor, en el caso de nuestra Santa Madre, agravado por la impotencia de ver a su hijo vejado y crucificado; dolor que tantas madres salvadoreñas llevan en su seno, todavía en busca de los restos de sus hijos.

Hay quienes promueven la memoria histórica como orgullo y patrimonio propio de una ideología; bien, he recorrido mi memoria histórica y lo que encuentro es un conflicto fratricida que se gesta entre mis contemporáneos, nuestra juventud católica, jóvenes producto de nuestros colegios, idealistas, que en medio de sus inocentes anhelos de justicia y cristiandad escogen el arma equivocada: el fusil.

Punzante conflicto cuyas lanzas derraman la sagrada sangre de nuestros mártires católicos: curas, monjas y laicos que caen en defensa de nuestra fe, de los pobres de nuestro querido El Salvador; mártires también, nuestros jóvenes combatientes, soldado y guerrillero, y los inocentes que perdieron su vida; sagrada sangre toda, abono de nuestra incipiente democracia y de las libertades que hoy gozamos.

La imagen de Monseñor Romero es la esencia del colectivo de nuestros mártires católicos, no es un culto, un santo solo, es el símbolo de hasta la última gota de sangre derramada por tantos católicos en aras de la justicia; me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que la fanfarria que hoy día rodea su imagen, Monseñor, en su católica humildad, la encontraría bochornosa e indigna de todos los caídos; esa calidad de celebridad estoy seguro la encontraría hasta ofensiva.

Muchos usan la imagen de Monseñor como estandarte de ideologías propias, ideologías oportunistas rechazadas por nuestra Santa Iglesia. Ideologías que a través de su pequeña historia se han ensañado con nuestras creencias y nuestra Santa Iglesia, tildándolas de opio, ridiculizando nuestros ritos, públicamente vilipendiando nuestra jerarquía; reencontrándose con Jesucristo y la Virgen María en el momento de las grandes pruebas, como el recién fallecido caudillo que en esos momentos encontró toda Virgen habida y por haber en los llanos de Bolívar.

Ideologías que hoy nos hablan de sus bondades, que invierten en los pobres, el día que lo hagan del bolsillo propio y se despojen de todo bien material entonces creeremos.

La sangre del mártir nos lleva a la resurrección, al gozo divino de haber superado con creces la tribulación y el sufrimiento, a la verdadera cristiandad. Recemos por nuestro papa Francisco y que el Espíritu Santo ilumine cada uno de sus pasos. ¡Salve Regina!

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