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La santidad escondida

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En una de sus homilías dijo el papa Francisco: “Ya está aquí el reino de Dios en la santidad escondida de todos los días que viven esas familias que llegan a finales de mes con menos de un euro solamente. Pero que no ceden a la tentación de pensar que el reino de Dios sea solo un espectáculo”.

Precisamente el hecho de que Jesús hablase mucho del reino de Dios había convertido en «curiosos» también a los fariseos. Tanto que –se lee en el Evangelio de san Lucas (17, 20-25)– llegan a preguntarle: «¿Cuándo va a llegar el reino de Dios?» Y «Jesús responde claro: el reino de Dios no viene aparatosamente; ni dirán: ‘Está aquí’ o ‘está allí’, porque, mirad, el reino de Dios está en medio de vosotros».

En efecto, cuando Jesús explicaba en las parábolas cómo era el reino de Dios, utilizaba siempre palabras serenas, tranquilas y utilizaba también figuras que decían que el reino de Dios estaba escondido. Así, Jesús compara el reino a «un mercader que busca perlas finas aquí y allá» o bien, a «otro que busca un tesoro escondido en la tierra». O decía que era «como una red que acoge a todo género de peces o como la semilla de mostaza, pequeñita, que luego llega a ser un árbol grande.

En definitiva, el reino de Dios no es un espectáculo. Precisamente el espectáculo, muchas veces, es la caricatura del reino de Dios». En cambio, el reino de Dios es silencioso, crece dentro; lo hace crecer el Espíritu Santo con nuestra disponibilidad. Pero crece lentamente, silenciosamente.

En el relato de san Lucas, Jesús vuelve a lanzar su discurso y pregunta: «¿Vosotros queréis ver el reino de Dios?» Y explica: «Os dirán: ¡está allá! o ¡está aquí! ¡No vayáis! ¡No les sigáis! Porque el reino de Dios vendrá como el fulgor del relámpago, en un instante». Sí, se manifestará al instante, está dentro. Pero, cuántos son los cristianos que prefieren el espectáculo en vez del silencio del Reino de Dios.

Tú eres cristiano y crees en Jesucristo, en los sacramentos, en Su Presencia Real en La Sagrada Eucaristía.

Entonces, ¿por qué no vas a visitarlo al Sagrario, por qué no vas a la Santa Misa, por qué no te confiesas, por qué no te acercas al Señor, para que su reino «crezca» dentro de ti? El Señor jamás dice que el reino de Dios es un espectáculo. Cierto, es una fiesta, pero es una fiesta bellísima, una gran fiesta. Y el Cielo será una fiesta, pero no un espectáculo.

Al contrario del espectáculo, está la perseverancia de muchos cristianos que llevan adelante la familia: hombres, mujeres que se preocupan por sus hijos, que llegan a finales de mes con menos de un dólar solamente, pero oran. Y el reino de Dios está allí, escondido en esa santidad de la vida cotidiana, esa santidad de todos los días. Porque el reino de Dios no está lejos de nosotros, está cerca.

Del reino de Dios, por lo tanto, forma parte también el sufrimiento, la cruz; la cruz cotidiana de la vida, la cruz del trabajo, de la familia...

El reino de Dios es humilde, como la semilla; pero se hace grande por el poder del Espíritu Santo. Y nos toca dejarlo crecer en nosotros, sin gloriarnos. Dejar que el Espíritu venga, nos cambie el alma y nos lleve adelante en el silencio, la paz, la quietud, la cercanía a Dios, a los demás.

Pidamos ayuda al Señor para buscar esa santidad escondida en lo ordinario: trabajo, familia, toda la sociedad.

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